Gregoria me contó su historia cuando trapeaba el piso arabesco del corredor de la casa del centro con una mezcla de agua y gas.
María Elena Schlesinger/Ayer
Gregoria me contó su historia cuando trapeaba el piso arabesco del corredor de la casa del centro con una mezcla de agua y gas.
“Yo también fui casada”, me dijo Gregoria, sin dejar la tarea de trapear los pisos, “y tuve también una niña que nació el día de los ángeles. Se llamaba Virginia”.
Aquella confidencia no dejó de asombrarme, pues de Gregoria sabíamos muy poco, que había llegado a la casa de los abuelos después del terremoto del 17 y que le había pedido a la abuela trabajar en la casa a cambio de tener cuarto y comida.
Gregoria llevaba solo con un atadito de ropa en la mano, iba con el pelo arreglado en dos trenzas, con la mirada perdida en alguna latitud extraña. Solo dijo que se llamaba Gregoria y eso le bastó a la abuela para decidirse, pues pensó que Gregoria era un buen nombre para una empleada.
Desde aquel día, se dedicó a realizar las labores más extrañas de la casa, las que todos rehuían porque les daba asco realizarlas o porque apestaban. Por ejemplo, Gregoria era la encargada de vaciar las bacinicas, limpiarlas en la pila con amoniaco y volverlas a poner antes de la tarde en las mesillas de noche, según el color y el tamaño. Se encargaba también de poner las trampas de los ratones, con sebo de pellejo y tortilla tiesa, y de ver por las mañanas, antes de que todos se levantaran, cuántos roedores habían caído en las trampas aquella noche. Los ratones los mataba Gregoria con un palo de escoba, y luego los envolvía en periódico como si fueran tamales, antes de tirarlos a la basura.
Se encargaba también de lavar los paños femeninos de las señoritas de la casa, hechos con manta blanca. Los restregaba con lejía y los ponía al fuego en una olla con un caldo de azulillo para que salieran blancos. También arreglaba la jaula de canarios y cuidaba a Arturo, un loro de plumaje hermoso, muy verde y de pico negro y torcido, que había llevado el tío Fernando a la casa como pago por curar a una niña de desintería en el Hospital General.
Días después, según me relató Gregoria, se había casado en Amatitlán, en la iglesia grande de dos torres pintada de amarillo que está frente del parque. Con vestido blanco de satín hasta el tobillo, velito de tul y ramo de jazmines. Se había conocido con su esposo para las fiestas de la Santa Cruz, en mayo, cuando llevan a pasear al Niño de Atocha en canoa por el lago. Él la había visto de lejos, la había seguido hasta su casa y dos días después le había dicho al oído “te querés casar conmigo”.
Me costó imaginarla de novia, sonriente, oyendo marimba después de la boda, comiendo arroz con pollo en un sopero de peltre sobre una mesa pintada de celeste, con el piso húmedo, regado de pino y ella aún muy joven. Ahora parecía más bien un espanto, con la ropa holgada colgándole al cuerpo, sus brazos huesudos y con una boquita pequeña poblada de bigotes. Me pareció ver la figura de un caballo flaco.
No quise preguntarle por Virginia ni por qué razón había llegado a la casa de los abuelos. Menos por qué razón ahora cantaba cantos de alabanzas pidiendo clemencia a Jehová mientras trapeaba los pisos. Ella tampoco quiso decirme más. “Me voy a ver a Arturo”, me dijo en quedito. “Hace días que se le ve mal. Ya no quiere comer, se ha quedado desplumado y está con el pico gacho. Parece que a esta criatura del Señor, le están doliendo los huesos y el alma como a mí”.
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