Fuimos un árbol sin raíces, arrastrado por el viento huracanado del conflicto. Esa fue mi propia enseñanza cuando trabajé el Remhi, tras oír tantas historias. Pero cohabitar con la memoria no es fácil. Especialmente cuando hechos traumáticos atravesaron la vida.
La gente sufrida se negaba a hablar: “No quiero recordar porque vuelve el miedo, y también la rabia”. El pasado no encontraba acomodo. Como el goteo pertinaz que se cuela a través de un dique, sutilmente toma el gobierno de nuestra vida sin que se le reconozca. Migrañas crónicas.
Alcoholismo. Suicidios recurrentes entre jóvenes. La violencia como lenguaje familiar y social. Depresiones súbitas.
Y el reino de la desconfianza. “Esa (señora) tiene doble corazón”, me dijo una mujer de San Miguel, Baja Verapaz, refiriéndose a su vecina de toda la vida. “Uno es el corazón que enseña, otro el que oculta, no se sabe cuál es verdadero”. La solidaridad claudicó ante el agravio y la descalificación.
Todos éramos culpables hasta demostrar lo contrario. El pesimismo oscureció el futuro y otro pasado, remoto, anterior a la tragedia, se instaló como idea de futuro. “Las dictaduras eran crueles, pero imponían autoridad, los delincuentes recibían un castigo ejemplar”.
En ese terreno floreció toda suerte de fundamentalismos. Hubo una promesa de liberación, más bien un refugio. La historia cabía en el “pecado” y mediante la conversión se enmendaba. La confrontación trastocó la psicología social e indujo la censura de regiones enteras de la memoria, sofocando la reconciliación como acto verdadero de amor y necesidad de reconstitución individual.
Esta fue la materia del Remhi que inspiró el obispo Juan Gerardi.
La idea de Gerardi era procesar las secuelas, rescatando la memoria colectiva para afirmar un sentido de reconciliación desde abajo de la sociedad y desde adentro del individuo. Arrancamos en 1996, cuando el conflicto se mantenía en brasas, pues las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla estaban avanzadas. Se había firmado en Oslo el acuerdo de la Comisión del Esclarecimiento Histórico (CEH).
Gerardi quería abrir una brecha a la CEH, viendo sus breves plazos y el difícil acceso a las comunidades aún dominadas por el miedo. Sin embargo el trabajo adquirió desde el principio una dinámica propia, impuesta por la necesidad de la gente de contar sus experiencias. Formamos una extensa red de líderes comunitarios, los Animadores de la Reconciliación, verdaderos artesanos de la memoria.
Derrotando distancias escabrosas y exponiendo su integridad, más de 300 hombres y mujeres del campo levantaron miles de testimonios en todo el país, a la vez que llevaron consuelo.
Reconstruimos con ellos la historia de Guatemala y sus comunidades. Abordamos temas de salud mental. Aprendimos a nombrar el miedo y la dignidad arrebatada. Valoramos el coraje de la gente frente a las calamidades, y descubrimos rutas de resistencia, testimonio del triunfo de la vida sobre la muerte.
La memoria estaba viva y progresivamente se liberaba. No era solo narración de hechos.
Reflexionábamos sobre los significados; la conducta humana en situaciones límite, y el sustento de valores e ideologías. Íbamos tras un pasado atroz que debía, no obstante, ayudarnos a conquistar el futuro.
Conocer los mecanismos del terror permitió entender nuestros propios miedos y buscar la manera que no nos paralizara. Entendimos que otros miedos eran útiles, pues nos hacían prudentes. ¿Y luego?
Fuimos tras la utopía de la reconciliación: justicia, perdón, misericordia, conversión. No tuvimos una fórmula establecida, tampoco era claro que hubiese un orden calificado. Decidimos explorar y pronto vimos los límites. El estatus quo no estaba casado con el Estado democrático. Se modernizaba en sus formas, pero seguía anacrónico en el fondo.
Otro desafío nos plantaron las comunidades. “Ustedes hablan de reconciliarnos con los vivos, pero antes debemos reconciliarnos con nuestros muertos”. En el mundo indígena el eslabón vida–muerte es cotidiano y la emergencia de la calamidad lo debilitó. Las migraciones forzadas, el cambio inducido de religión y las drásticas adaptaciones culturales, incluyendo las lingüísticas, modificaron brutalmente los referentes tradicionales.
Los niños murieron en la huida sin haber sido nombrados. Los perros se hartaron los cadáveres humanos. Otros fueron lanzados a fosas comunes. Otros más se perdieron en el éxodo de la montaña. Se negó la sabiduría de los abuelos. La autoridad de los sacerdotes mayas fue degradada.
Y la memoria de los contadores de los días fue perseguida por subversiva.
¿Y la reconciliación con los vivos? “Estoy lista para ofrecer y dar perdón”, me dijo una mujer k’iche’ en Santa Cruz, “pero ¿a quién?”. Cierto, teníamos un vacío de comunicación con los perpetradores. Algunos de ellos se acercaron y trabajamos las huellas de sus propios traumas. Pero eran una minoría. El resto nos veía con sospecha. Negaban lo ocurrido, alegaban que ya estaban reconciliados, y nos acusaban de convocar otra vez la violencia abriendo heridas y avivando el resentimiento.
Hubo experiencias de reconciliación comunitaria en las montañas del norte. Durante noches enteras los enemigos hablaron y hablaron, juntaron sus historias, identificaron las causas de su rencor y descubrieron que aún en los momentos de mayor crueldad, hubo espacio para la compasión.
Reconocer eso les ayudó a recuperar el hilo extraviado.
No obstante, el perdón no era fácil. “Fue mi hermano, mi vecino quien me hizo el daño”. Hasta resultaba entendible que un extraño de la comunidad aterrorizara a civiles anónimos, porque recibió órdenes.
El 24 de abril de 1998 presentamos Guatemala Nunca Más, fruto de esa experiencia. Dos días después nuestro director pastoral, el obispo Gerardi, fue brutalmente asesinado. Nos quedamos sin cabeza. Alguien me inquirió: ¿qué hacemos ahora? Y le recordé: “Debemos ser como la sal, que se disuelve en el agua y cambia su sabor”.
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6 comentarios:
Javier Esquembre Menor: (2008-04-30 11:03:49 horas)
Era justo y necesario. La memoria operó el milagro. La gente habló, expresó rabias, dudas, miedos, rencores, anhelos... La palabra se hizo llanto y perdón. Se pusieron pilares para el desarrolo comunitario, para la organización, para la participación. Desde el temor y desde el coraje, asumiendo que de la verdad nace el perdón y de éste la reconciliación, en lucha por la justicia. MOnseñor Gerardi ofreció su vida. Entre todas y todos podemos continuarla y profundizar su trabajo para una Guatemala justa, democrática, inclusiva.
Anna Urbina : (2008-04-28 00:45:44 horas)
Hace 10 años sucedió ese asesinato, no hay respuestas concretas, me parece muy poetico su artículo pero tambien cuestiono la veracidad de su idealismo, ya que como menciona Luisa Cienfuegos, usted fue parte del equipo de trabajo de Portillo y apoyó a una partida de delincuentes a que terminaran de arruinar la poca esperanza de verdaderos cambios y justicia para el país... todo lo que ha venido a partir de ese cataclismo de gente inepta gobernándo a un país que se hace invisible cuando lo único que les importa son los fondos en sus chequeras, eso fue un asco, no entiendo cómo Ud. que se supone que es un intelectual, pensante luego dejó tirado todo el esfuerzo que hizo con Gerardi para unirse a esos cuatreros... de verdad no me parece nada poético su artículo, no lo entiendo... porque Ud. fue parte del círculo alrededor de Gerardi... han pasado 10 años... y aún no hay respuestas concretas, solo gritos en silencio sobre verdades ocultas... y entonces? de que nos sirve todo este ritual?...
Juan José Marroquín Siliézar: (2008-04-27 22:09:08 horas)
¿Y la reconciliación con los vivos? “Estoy lista para ofrecer y dar perdón”, me dijo una mujer k’iche’ en Santa Cruz, “pero ¿a quién?”. Cierto, teníamos un vacío de comunicación con los perpetradores. Algunos de ellos se acercaron y trabajamos las huellas de sus propios traumas. Pero eran una minoría. El resto nos veía con sospecha. Negaban lo ocurrido, alegaban que ya estaban reconciliados, y nos acusaban de convocar otra vez la violencia abriendo heridas y avivando el resentimiento.
Hubo experiencias de reconciliación comunitaria en las montañas del norte. Durante noches enteras los enemigos hablaron y hablaron, juntaron sus historias, identificaron las causas de su rencor y descubrieron que aún en los momentos de mayor crueldad, hubo espacio para la compasión.
En este párrafo del artículo del señor Gutiérrez se mencionan “perpetradores” y “enemigos”. ¿A quienes se refiere? ¿A miembros del Ejército o a indígenas que no se sumaban a las fuerzas guerrilleras y por eso eran enemigos?.
El REMHI se fué integrando gracias al acercamiento de militares que nunca entendieron que estaban combatiendo una amenaza para el Estado de Guatemala y no a grupos étnicos empujados por irresponsables demagogos. Mejor fueron a contar lo poco o lo mucho que sabían de la Guerra. Era su mejor salida antes de que los involucraran. Esto incluye a altos jerarcas militares y politicos taimados que siguen viviendo de lo mismo. ¡Pobres!
¿Quienes eran los perpetradores? ¿Quienes eran los enemigos?. Talvez personas como el señor Gutiérrez y otros cuantos figurones, quienes una vez firmada la mal llamada “Paz firme y duradera”, siguen disfrutando del poder politico y económico, mientras que aquellos a quienes ellos manipularon, yacen en una fosa común o siguen pasando hambre en aquellos mismos cerros a donde, aunque sea muy lentamente, -¡ojalá!-, llegará el progreso algún día. Eso sí, ya sin muertos y sin disparos.
Jose Chun: (2008-04-27 13:26:58 horas)
Como sufrimos nosotros los indios con esto de la guerra. Los dos que dicen que peleaban por nosotros ganaban, ahora unos siguen ganando y a los otros los tienen arrinconados los que algunos dicen que perdieron la guerra. Nosotros fuimos los que perdimos. Se me ocurre la siguiente historia. Una noche a un pirómano se le ocurre incendiar mi casa, cuando empieza el fuego llegan los bomberos y con tal que no se incendie la deshacen. ¿Quién es el culpable?
El tal Rehmi tiene un caso que yo se que no es cierto, por ello me atrevo a decir que puede que hayan otros casos arreglados. Unos nos dieron a comer caca producto de comida buena los otros de comida barata, pero al fin y al cabo los dos nos dieron lo mismo.
Conocí a Monseñor Gerardi cuando llegó a mi pueblo, con el iva el padre Mendoza, el era buena gente, nos quería, y siempre pensó en buscar la forma de ayudarnos. Pienso que la gente que ahora dice que defiende su memoria lo hace fundamentada en sus intereses ideológicos.
¿Quien mató a Monseñor? Tal parece que quien escribe con mucha inteligencia lo hace porque la necesita para esconder la verdad.
Luisa cienfuegos: (2008-04-27 13:01:58 horas)
USTED GUTIERREZ ES TAMBIEN RESPONSABLE CONEL POLLO RONCO QUE OJALA LO EXTRADITEN ALGUN DIA Y SE PUDRA ENLA CACEL, DE HABER PRESIONADO PARA QUE SE OCNDENARA A GENTE INOCENTE Y SABIENDO LA VERDAD, PERO DE LA JUSTICIA DIVINA NADIE SE ESCAPA Y ACUERDESE QUE LO PAGA HASTA LA CUARTA GENERACION, SIEMPRE QUE LE SUCEDA ALGO, NO SE PREGUNTE PORQUE A MI? SINO EXAMINE SU CONCIENCIA Y DIGA YA ESTOY PAGANDO.
alfonso villacorta: (2008-04-27 09:23:12 horas)
Como tipico fenomeno chapin, el sacrificio de Gerardi fue enterrado hasta por sus mas cercanos colaboradores. Hoy con el arribismo que nos ha caracterizado hay gente que insiste en su relevancia por haber estado cerca del religioso o haber trabajado en las investigaciones que se realizaron.
Para que? Si todos salieron como ratas en un naufragio, solo que en este caso a recibir trabajos para los que firmaron contratos pero de complicidad, escudados con mentiras de servicio a la patria.
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