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manifestación. Su muerte dejó enterrado el proyecto del REMHI e inmerso a su equipo en una batalla legal que no concluye.
Algunos capítulos de la vida de Juan José Gerardi Conedera permanecen a medio abrir.
Su asesinato inspiró la publicación de ensayos, novelas e investigaciones. Se ha ahondado más, sin embargo, en el crimen que en los 75 años de su vida y que fueron decisivos para que impulsara la Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi).
El principal biógrafo y estudioso del prelado es Santiago Otero, un hermano marista que en 1998 escribió la primera reseña del obispo, recién ocurrido el asesinato, y a 34 días del crimen presentó la biografía: Monseñor Gerardi en rojo y azul, la cual se ha reeditado y servido de referencia para otros libros. No ha dejado de sumarle hojas y detalles a sus apuntes.
Esta semana Otero presentó su obra: Gerardi, memoria viva, un libro de 300 páginas que intenta seguir la vida del obispo en sus momentos fundamentales, con más profundidad que las obras previas.
Escrito por un católico marista y gran admirador de Gerardi, el libro no se aparta de la imagen del mártir, a veces mitificado, que la Iglesia católica ha proyectado del obispo, sin que esto demerite la recopilación de las decenas de relatos. Las narraciones recabadas entretejen la vida del obispo descendiente de italianos que vivió en Quiché de la guerra, en la Costa Rica del exilio y en la Guatemala del retorno.
El libro esboza a un prelado más terrenal que antes de sacerdote quiso ser herrero, y que alguna vez se enamoró de una mujer comprometida. Al exiliado que experimentó la depresión y que al retornar no tenía casa, ni diócesis ni proyectos personales. Al entretenido contador de chistes que podía tornarse en orador aburrido. Al obispo que se consideraba un escudo para sus colaboradores, en vez de una diana para sí mismo.
Otero, uno de los reseñadores de la Iglesia católica más reconocidos, es modesto para describir su trabajo. “No es la biografía de monseñor Gerardi, es una biografía, un punto de vista más de los tantos que pueden haber”.
Pero Margarita Carrera, quien en 2002 publicó una biografía novelada sobre Gerardi, con base en los apuntes e información que le compartió el marista, considera que la nueva obra de Otero es la más completa publicada hasta el momento sobre el obispo. “Es estupenda”, dice.
“Quizá si nos hubiéramos interesado más en la vida de monseñor Gerardi ahora sabríamos quién lo mató”, dice Moisés Galindo, autor de un libro sobre la sentencia del caso y abogado defensor de la viuda de Obdulio Villanueva, uno de los tres militares condenados.
Quiché: una época difícil y decisivaJuan José Gerardi Conedera era descendiente de dos familias de inmigrantes italianos que arribaron a Guatemala en el último cuarto del siglo XIX. Fue el segundo de los cuatro hijos de un matrimonio que vivía del cultivo de hortalizas en sus terrenos de la zona 1.
Lo ordenaron sacerdote cuando estaba por cumplir los 24 años y Obispo, a los 44.
Otero dedica tres capítulos de su libro para describir el traslado de Gerardi en 1974 a la diócesis de Quiché, el empobrecido departamento donde vivió la represión institucional y el fortalecimiento de la guerrilla.
Desde 1980 la violencia alcanzó niveles alarmantes. Los curas de la diócesis de Quiché quedaron reducidos a seis y los catequistas fueron diezmados. Hasta el arzobispo de Oviedo, España, que tan diligentemente le había “prestado” a cinco sacerdotes para las parroquias de Chicamán, Uspantán y Cunén le pidió a Gerardi que se los enviara de vuelta cuanto antes, y que fuera él personalmente a dejarlos al avión.
Después de reuniones infructuosas con representantes de las zonas militares y con los ministros de Gobernación y Defensa, Gerardi concluyó que el asesinato de sacerdotes era planificado desde la cúpula militar y que su presencia exponía más a los agentes de la pastoral. En julio de 1980 salió temporalmente de su diócesis, con el aval de la Conferencia, de la cual era presidente. Nunca pudo volver.
Gerardi se refugió en la residencia de las Carmelitas, en la capital, y se preparó para visitar al Papa Juan Pablo II y exponerle la situación de su diócesis. El padre Alfonso Alaiogoikoa recuerda que el obispo no consiguió redactar los informes. “Su mente estaba en blanco y era incapaz de ponerse a escribir. Lo sorprendimos una y otra vez llorando a lágrima viva ante la máquina de escribir”. Entre varias personas tuvieron que escribir el documento.
En Roma, el Papa le pidió a Gerardi que regresara a Quiché y aunque este le hizo ver los riesgos, el pontífice le aseguró que no lo dejaría solo. La famosa carta que Juan Pablo II le envió a los obispos en Guatemala para evidenciar el terrorismo del Gobierno guatemalteco encendió la ira del entonces jefe de Estado, Romeo Lucas García, y lo motivó a soltar la ya histórica frase: “Si ese cura (Gerardi) entra en Guatemala, nos lo tronamos”.
A su regreso a Gerardi lo retuvieron en el aeropuerto La Aurora y no le permitieron entrar al país.
Hizo escala en El Salvador y su destino fue Costa Rica, la parroquia de San Juan Tibás, a donde llegó con una “maletita muy sencilla colgada al hombro” y la gente de la Iglesia le llevó ropa, comestibles y dinero.
Su exilio duró casi año y medio. Las primeras semanas se le hicieron largas e inciertas. El hombre firme y decidido que había dado entrevistas en Roma y España sobre la salida tan necesaria de Quiché empezó a ver nubarrones. Quería convencerse de que había hecho lo correcto, pero él mismo se generaba la inseguridad: “Lo que hicimos estuvo bien, pero tal vez se habría podido hacer de otra manera”, se decía.
En Guatemala, los mismos de su grey lo criticaban. “Nunca se ha visto en la Iglesia que un obispo abandone su diócesis”, decía el obispo de Sololá. “Si hay que arriesgar la vida, hay que arriesgarla”, le recriminaban otros.
En 1981 asesinaron a otro misionero de Quiché. Era la época en que asesinaban a 50 personas por día. “Mientras esté el general Lucas no puedo regresar”, decía Gerardi en Costa Rica.
El párroco de San Juan Tibás, Jorge Fuentes, le contó a Otero cómo el obispo guatemalteco caminaba por las calles de la ciudad tan tranquilo al no ver a ningún militar, pero que siempre tenía muchas precauciones con él. Por eso se asustó (y molestó) el día que Gerardi decidió trasnochar con Pablo, su amigo el mecánico, a quien nunca le rechazaba la invitación a un “hielito”, “riflazo” o “whisky”, como quisiera llamarle.
Gerardi había dado misa por la tarde en un galerón de madera, y el amigo le propuso ir a “Caradeleones” un comedor que algunos tenían por cantina. Pidieron dos whiskys y el dueño del local invitó a las siguientes tandas. Se fueron a las 11:00 de la noche y encontraron al padre Fuentes muy nervioso. “¿No te da vergüenza echar a perder a un obispo?”, le recriminó a Pablo. Gerardi se partía de la risa.
San Juan Tibás se fue transformando en una oficina al servicio de la Iglesia guatemalteca. Allí llegaban obispos, agentes de pastoral de Quiché y organismos de solidaridad que donaban dinero para la manutención del obispo.
Mientras en Guatemala los obispos intentaban conseguir el retorno de Gerardi, el entonces Ministro de la Defensa, Marco Antonio González Taracena, le dijo eufórico a Próspero Penados que tenía otra prueba de la culpabilidad de su amigo. “Mire usted cómo adoctrina a los indígenas”, le dijo al tiempo que le mostraba un libro de cantos. Penados leyó: “Danos un corazón grande para amar, danos un corazón fuerte para luchar...”. “¿Lo ve? Esto es una clara incitación a la lucha armada”, arguyó el funcionario.
Hace no muchos años, Otero entrevistó a dicho militar. Se había convertido en el ministro de la comunión de una parroquia de la capital. Entre su relató le confió que en 1980 “monseñor (Gerardi) se había convertido en un problema para el Gobierno (...) personalmente no dudaba de que él no era comunista, pero lo visitaba gente de diversas tendencias y sí tuvo inclinación a la izquierda, se fue a los que más sufrían. Creo que nunca estudiamos la subversión desde el punto de la Iglesia...”
El retornoGerardi volvió cuando Lucas García fue derrocado y meses antes de que muriera su madre. Celebró el cambio con un brindis, pero fue “un alegrón de burro”, como él mismo lo describía. Cuando volvía a Guatemala, poblaciones enteras de quichelenses buscaban refugio en México o en las montañas.
“Muchos piensan que vino directamente a hacerse cargo de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado (Odha). ¡Pero no fue así! Cuando él vino no hizo nada, estaba inmovilizado”, explica su biógrafo. Gerardi ya no era presidente de la CEG, no podía volver a Quiché y por casa tenía la de su madre. Ser capellán de Santa Rosa lo bajó del escalón de obispo al de párroco. Las depresiones lo seguían. También las dudas.
Su asignación como suplente en la Comisión Nacional de Reconciliación, en 1985, le devolvió su hasta entonces opacada figura. En 1988 le concedieron ser párroco de San Sebastián y en 1990, a sus 68 años, le encargaron la formación de la Odha. Cuatro años más tarde emprendió la coordinación del Remhi.
Durante su exilio, el rollizo hombre de más de 1.80 metros de estatura perdió casi 30 kilos, pero conservó su buen humor. Durante los descansos de las reuniones de la CEG era un ameno contador de chistes. “Ponía cara de jugador de póquer y después de un rato soltaba la carcajada”. “Desde que se nos fue Juanito la Conferencia no volvió a ser la misma”, le confió a Otero el cardenal Rodolfo Quezada.
Monseñor Gerardi no era tan elocuente para las disertaciones formales. Había quienes se aburrían “soberanamente cuando su discurso se extendía un poco más de la cuenta”. La serenidad llenaba sus afirmaciones, por lo general breves, pero algunos se impacientaban y lo acusaban de pasivo.
La mujer que le arrancaba las frases más espontáneas se llama Rosa Conde. Lo conoció en la parroquia de Tecpán y ya casada lo buscaba para pedirle consejo. Le tenía la suficiente confianza como para preguntarle un día si se había enamorado. “Mirá”, le respondió el obispo, “cuando yo estaba en el teatro (en su tiempo de seminarista) una chica con la que trabajábamos me llamaba la atención, pero resultó que ya estaba comprometida y prometí ¡o esa mujer o ninguna!”.
Cuando el matrimonio de Rosa se había roto por la infidelidad de su esposo, y criaba a tres hijos, le preguntó: “Monseñor”, “¿puedo ir a comulgar?” y el prelado le dijo de inmediato: “Rosa, no tenés que pagar los elotes que otro se hartó”. Le inquirió entonces si de verdad existía el demonio. “Claro que existe. Y la mejor prueba es que te puede engañar diciéndote que no existe”. Entonces Rosa le añadió la pregunta que más le preocupaba: “Fíjese monseñor que siento que me estoy enamorando de una persona”. Pero no la dejó terminar. “Si estás enamorada de un casado ya te llevó la tristeza”.
El RemhiGerardi era un hombre de manos finas y largas y mirada incisiva, pero huidiza cuando quería cambiar de tema. Le gustaban las películas de Cantinflas, leía de todo un poco y tenía una caligrafía difícil de entender.
El obispo nunca se pudo quitar el estigma de comunista. Lo tacharon de eclesiástico político. Algunas pintas en la capital le lanzaban consignas y dentro de algunas esferas de la CEG no lo consideraban conciliador.
Ya empezado el Remhi, no faltaron los obispos que consideraban que era un trabajo muy riesgoso para la Iglesia, una duplicidad de tareas con la Comisión Nacional para el Esclarecimiento Histórico. Pocas parroquias de la capital participaron en el proyecto.
Después de la presentación del Remhi, a Gerardi se le veía rebosante de alegría. “Ya tenemos qué pasó, ahora necesitamos saber quiénes fueron, dentro y fuera de Guatemala”, comentó en una reunión privada. “Con eso sí nos vuelan la cabeza”, le replicó Edgar Gutiérrez, el coordinador del proyecto. Nadie notó que esa noche el obispo regresó caminando solo a su casa parroquial. La misma donde lo asesinaron dos días después.
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