Tal vez haya pasado desapercibido para usted si usted es una de esas personas privilegiadas que, como yo, no hemos tenido la necesidad de acudir a la consulta externa de los hospitales públicos pero si, por el contrario, usted o los suyos necesitan de ese servicio, hubieron de sufrir en carne propia la terrible desolación de verse enfermos y sin atención posible. ¿Dónde estaban, entonces, los que hoy se rasgan las vestiduras “conmovidos” por las graves desigualdades que se dan entre nosotros? ¿Qué podemos saber, los que tenemos el privilegio de poder pagarles a los médicos, de lo que habrán sentido aquellas madres, por ejemplo, con sus hijos enfermos, cerrada la posibilidad de que fuesen atendidos? El Ejército de Guatemala vino a colmar el vaso en esa crisis cuando hiciera el más absoluto de los ridículos ofreciendo que, en el Campo de Marte se haría cargo de la emergencia, sin que ni siquiera haya sido capaz de armar una pinche carpa, debidamente provista de profesionales y medicinas.
A muchos, créanme, les importa un bledo que se puedan volver a cerrar esas consultas o las huelgas que se puedan producir en los hospitales nacionales. ¿Por qué habría de importarles, si no tienen ninguna necesidad de sus servicios?
Otro tanto ocurrió con las huelgas que se dieron en las escuelas públicas. Pues bien, a quienes sí les importa que eso ocurra tienen que apostar necesariamente por los pactos colectivos de condiciones de trabajo, capaces como son de conciliar los distintos intereses: trato justo al trabajador, sí, pero también excelencia en el servicio.
Como apunta un distinguido lector en un comentario aparecido en el blog de mi columna, la contratación colectiva es común en varios países, entre ellos México, con muy buenos resultados y pese a sus defectos.
¿De verdad que no se dieron cuenta los apologistas del Gobierno anterior del drama que significaron para millares de guatemaltecos aquellas huelgas de los hospitales públicos, apologistas curiosamente hoy abanderados de la confrontación social?
En Estados Unidos de América el Presidente goza de una prerrogativa presidencial que “enfría” cualquier conflicto, en el sentido de que las negociaciones continúan pero sin paralización alguna del servicio. Conciliación de intereses y concordia, sí, pero con la ley en la mano ¿Qué tal si vamos aprendiendo?
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