El Gobierno sigue colocándose alrededor del cuello esa soga llena de promesas fantasiosas que va a terminar ahorcando su trabajo junto con las aspiraciones de repetir en el poder a la Kirchner.
Yo les recomendaría revisar su estrategia de comunicación porque además de parecer fanfarrones se ponen en posición imposible. Iba en el carro cuando escuché un anuncio en la radio donde se reproducía parte de un discurso del Presidente. Como si estuviéramos en campaña, Colom afirmaba montado en alguna tarima que el éxito de su Gobierno podría medirse cuando ya no hubiera desnutrición infantil ni madres sin atención prenatal ni muertes por diarrea o neumonía ni ese interminable rosario de etcéteras que conocemos.
Está muy bien demostrar que se tiene conciencia de la pobreza y voluntad para combatirla, pero el Presidente se equivoca al seguir levantando expectativas fantasiosas y al retratarse como una especie de superman con alma caritativa.
En el supuesto de que Colom tuviera un Gabinete de estrellas –el “dream team” tecnócrata– donde abundaran (en vez de ser la excepción) cerebros privilegiados y ejecutores impecables, a lo máximo que un Gobierno podría aspirar es a poner al país en la dirección correcta, no a convertirlo en un paraíso sueco del bienestar.
Para corregir nuestros principales problemas –como desnutrición crónica– es necesario desarrollar esfuerzos titánicos y sostenidos para lograr un crecimiento agresivo del PIB, dotar al país de seguridad jurídica, el andamiaje institucional básico de una democracia y servicios públicos de calidad, para que en una generación comencemos a darle vuelta a la corriente.
Tan importante como crear un sentido de urgencia para reducir las desigualdades sociales que nos condenan a rumiar en los sótanos del globo, es comunicar que las soluciones requieren del sacrificio y la perseverancia de todos. Nos debe quedar claro que no bastará con pedalear cuatro años para empezar a ver la luz… vamos a tener que pedalear duro por un cuarto de siglo antes de sugerir que ya estamos del otro lado. Por esa razón la propaganda de los “chapuces” que acaba de estrenar el Gobierno resulta contraproducente.
Esta administración, como todas las anteriores, siente y pregona que está haciendo esfuerzos sobrehumanos para mover al “elefante artrítico” del aparato estatal. Pero de ahí a proclamar que sus pininos en la administración pública constituyen soluciones contundentes y definitivas hace falta temeridad.
La problemática de Guatemala es de tal magnitud que para mover las percepciones públicas se necesitan cambios trascendentales.
Yo pensé que Colom ya lo tenía claro. Hace poco aseguró ante un grupo de columnistas que había cometido un error al afirmar, en contra del consejo de sus asesores, que los homicidios habían descendido a los pocos días de su toma de posesión. En esa oportunidad le cayó palo… ¡y no escarmentó! Mientras la gente se agarre a bazucazos en los apacibles balnearios de Zacapa y maten en plena calle a los principales operadores de inteligencia del país, lo mejor que pueden hacer las autoridades es callarse la boquita sobre los “avances” en seguridad.
Con el resto de cambios “estructurales” hay que tener igual cuidado. Las imágenes de sus anuncios caen mal porque distorsionan la realidad con un descaro que raya en el insulto. Los genios de la propaganda oficial nos piden que creamos que la tubería remendada del Gobierno es cosa del pasado. Según ellos, después de 100 días de la milagrosa aparición de la UNE en casa presidencial, ya tenemos una tubería reparada, que va a funcionar de mil maravillas.
La metáfora puede irse por el caño del desagüe: es una promesa irrealizable. Y lo más triste es que también se trata de una promesa innecesaria. ¡Ya ganaron! Nadie con sentido común les está pidiendo que en 100 días resuelvan lo que ha estado mal desde hace siglos. Lo que sí exigimos ver son signos de compromiso, de seriedad, de honradez. Y ahí fallan en el momento en que se tiran una campaña que parte del supuesto de la imbecilidad absoluta e irredenta de nosotros, los gobernados.
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