El Gobierno se puso a correr en los cien primeros días tras un plan de metas inalcanzables y sugirió un formato cerrado de debate del que salió mal evaluado. El presidente Álvaro Colom aprendió la lección y ha descartado repetir el ejercicio.
No obstante, es inevitable y hasta urgente la discusión sobre cómo encarar esta época de vacas flacas y la pasmosa pérdida de gobernabilidad sobre los factores críticos de la seguridad, así como los previsibles conflictos sociales que se van a desprender de este escenario delicado, que configura un cambio de época.
La controversia sobre si este es un Gobierno socialdemócrata tiene una respuesta simple, independiente del amplísimo abanico de socialdemocracias que representan los más de 50 gobiernos reconocidos como tales hoy día. Un Gobierno socialdemócrata es aquel que procesa acuerdos políticos con dos actores básicos presentes en toda sociedad: empresarios y trabajadores (en su vasta heterogeneidad), sin sustituir a ninguno.
Este podría caber como un Gobierno socialdemócrata que produce concertaciones con las fuerzas sociales siguiendo una agenda estratégica. Esa agenda se está levantando con dos temas: precios e impuestos y un acuerdo alcanzado: el pacto magisterial. Hay otros temas pendientes: salarios y trabajo, explotación de recursos naturales y la cuestión agraria. Y dos asuntos que producen esquizofrenia socialdemócrata: las inercias del trato de la seguridad y la preeminencia monetarista sobre la economía.
En seguridad el problema es no apostarle a la institucionalidad persistiendo en la mezcolanza de intereses público/privados y de células operativas que ofrecen resultados rápidos, reversibles, pisoteando la ley y las normas de convivencia. Y, por otro lado, la vieja receta del Banco Central de apostarle a instrumentos monetarios puede debilitar el ritmo de crecimiento sin que se detenga la escalada de precios de origen externo.
La crisis trae la oportunidad de replantear el modelo de desarrollo a favor de la coherencia para un Estado democrático y de una economía social de mercado. La cuestión, entonces, se presenta así: o el Presidente alinea su política de seguridad y desplaza la lógica monetarista de la economía para darle preeminencia a la producción, o su modelo se desquicia, arrastrándonos a escenarios indeseables.
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