Nada menos que Dominique Strauss–Kahn, director del Fondo Monetario Internacional, dijo en Washington el 12 de este mes que en la presente crisis global de alimentos, “miles, cientos de miles morirán de hambre. Como ya sabemos, aprendiendo del pasado, este tipo de cosas terminan en guerras”. ¿Hiperbólica declaración? Quizás no llegará tan lejos pero las causas de la crisis si indican que al menos las víctimas pasarán por una catástrofe de la categoría de la Apocalipsis que relata Juan El Bautista.
Esas causas son de una increíble complejidad. Considérese el tema de la población. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Comida (FAO, en inglés), África, Asia, y América Latina aumentan sus poblaciones robustamente y mejoran su nivel de vida. En África hay crecimientos anuales, desde 3.55 por ciento en Uganda hasta 1.51 por ciento en Somalia.
Según FAO, todos tienen problemas de comida. En Asia, los países con esos problemas van desde 2.62 por ciento en Iraq hasta 1.10 por ciento en Sri Lanka. En América Latina, los problemáticos van desde Haití con 2.55 por ciento hasta 1.54 por ciento en Bolivia. China e India son voraces consumidores con crecimientos de producción de 8 a 10 por ciento. Guatemala no está incluida porque, aunque caro, tiene que comer.
Por el lado de la producción global de alimentos, la FAO tiene proyecciones positivas para 2008 sobre 2007: proyecta un incremento general de cereales de 2.6 por ciento; el trigo con 6.8 por ciento y el arroz solo con 1.8 por ciento. Tan bajo aumento para el arroz es desanimante pues este grano es el alimento principal de la mitad de la población del mundo.
De todos modos, los números anteriores tienen que tomarse con sobriedad cuando se toma en cuenta que la producción aumentada podría verse rebasada por cinco factores que la podrían afectar. El primero es el clima, dentro del que muchos atribuyen sequías (como los 6 años secos en Australia) y frecuentes inundaciones al calentamiento global. El segundo son las distorsiones en el comercio global de granos, especialmente las restricciones a las exportaciones de producciones locales por temor al desabastecimiento interno (solo del 5 al 7 por ciento de la producción mundial de arroz se comercia libremente); y los desalientos a la producción por los grandes subsidios a productores locales de ciertos países. El tercero es el creciente uso de cereales para producir biocombustibles, como en Estados Unidos donde ya el 30 por ciento del maíz que produce va al etanol. El cuarto son las plagas, como el hongo llamado moho del tallo (stem rust) en el trigo, que analistas dicen que este año podría reducir en un 10 por ciento la producción mundial de 600 millones de toneladas métricas.
El quinto sería la reposición urgente de reservas globales, que en los últimos 25 años se han venido reduciendo para mantener a las poblaciones a un costo menor. Este año se cree que todavía descenderán más, en unos 22 millones de toneladas, para quedar en 405 millones, lo más bajo que han estado desde principios de la década de 1980.
Con todo esto, no debe extrañar que ya hay analistas que están evocando el espectro de Thomas Malthus, el clérigo inglés que en 1798 escribió el clásico tratado Ensayo sobre el principio de la población. Postuló allí que las poblaciones crecen hasta que son frenadas por hambrunas, pestilencias o guerras. Así había ocurrido a mediados del siglo XIV cuando la plaga llamada La Muerte Negra redujo a la mitad la población de Europa.
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