La mayoría demócrata del congreso norteamericano le cerró la puerta al Tratado de Libre Comercio con Colombia. El episodio demuestra que no es cierto que ambos partidos colaboren responsablemente en asuntos de política exterior. En EE.UU. la razón electoral pesa más que la razón de Estado. Los candidatos apoyan o rechazan los temas que se presentan en función de la rentabilidad política que les proporcionen, no de las ventajas o perjuicios que le generen al país.
Tanto en Colombia como en EE.UU. los sindicatos también se oponen a la firma del acuerdo. Los sindicatos suelen ser los enemigos más tenaces del progreso. En Colombia porque, supuestamente, favorecería al “imperialismo yanqui” en detrimento de una clase trabajadora colombiana a la que le gusta pagar más por los productos que consume. Los sindicalistas norteamericanos, por su parte, esgrimen una coartada fundada en la hipocresía: no quieren que se firme el tratado para que los paramilitares dejen de asesinar líderes sindicalistas colombianos. El aparato obrero norteamericano esconde su proteccionismo bajo el absurdo pretexto de que la balanza comercial controla los impulsos homicidas de estos bárbaros.
Colombia, sin embargo, no puede sorprenderse de su soledad. Lo que abunda en el terreno internacional es la insolidaridad, especialmente entre los gobiernos democráticos. EE.UU. es un aliado incierto y tímido de los colombianos, pero tal vez es el único que tienen (por ahora). Los supuestos “hermanos latinoamericanos” oscilan entre la complicidad activa con los narcoterroristas de las FARC −los gobiernos de Venezuela, Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua− o la indiferencia de casi todo el resto. En América Latina prácticamente ninguna democracia mueve un dedo para ayudar a una sociedad desgraciada, radique o no en el vecindario. Ni siquiera los colombianos son inocentes de ese pecado de omisión: jamás sus gobiernos democráticos intentaron proteger a las víctimas de otras tiranías latinoamericanas.
Si ganan los demócratas, lo probable es que Washington reduzca o ponga fin a la ayuda militar al gobierno de Uribe.
¿Podrán enfrentarse los colombianos solos a la embestida de las narcoguerrillas comunistas y de los gobiernos cómplices de la región? Por supuesto, pero con mayor inversión en el fortalecimiento material del ejército y de los cuerpos de inteligencia. No hay otra forma de pacificar al país que derrotar a las FARC y al ELN hasta llevar a estas bandas criminales a que depongan las armas y se sienten a negociar, como ocurrió en Guatemala y en El Salvador. Eso les exigirá a los colombianos una dosis grande de patriotismo y moral de combate, mayores sacrificios económicos, adaptar la legislación y las instituciones a los tiempos de guerra, librar más inteligentemente la batalla de la información y, sobre todo, entender que están solos ante el peligro. Íngrimos, como dicen en aquellos parajes olvidados de la mano de Dios.
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