tan pobre y mísero estaba que sólo se sustentaba con las hierbas que él cogía. Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo, y cuando el rostro volvió, halló la respuesta, viendo a otro sabio, cogiendo las hierbas que él arrojó…” ¡Qué infelices los de las suburbans blindadas, qué prepotencia y qué descaro! ¿Para qué blindadas si llevan un guardaespaldas? ¡Qué ostentación y despilfarro!, piensa desde el asiento de su suburban último modelo, pero no blindada, el sesudo filósofo que concluye que, con una como la suya y guardaespaldas, resulta suficiente. No muy lejos un tercero, en su suburban también pero un cacho más humilde, piensa en la ostentación de los dos primeros cuando una suburban “modesta”, como la que él tiene, y sin necesidad de guardaespaldas, resulta suficiente. Los tres son criticados por el dueño de una Prado y, el de esta por el de una Gran Vitara, y el de la Gran Vitara por uno de un Daihatsu, y el del Daihatsu por el del Chevy. Este, sentadito tan solo sobre humildes setenta mil quetzales, piensa que él sí tiene derecho para hablar y para hacer una crítica “constructiva”, de todos los otros que, a su criterio y por igual, son los grandes culpables de las diferencias económicas y sociales existentes… Claro está que, al del Chevy, lo pela el de una moto, y al de la moto, el que está sentado en la mesa de un café tomándose un capuchino en compañía de otros “distinguidos” pensadores. Los Q10.50 que se pagan por el capuchino, más los pastelitos que hacen una cuenta individual de Q23.25 para cada uno, no tienen importancia alguna, aunque este sea casi el sueldo del día para un trabajador del campo, de los afortunados ¡claro!, que tienen empleo. Algo así como el doble del de todos aquellos que tienen que sobrevivir con un dólar al día, o un tanto más, grupo familiar incluido.
Estos cafetazos, sin embargo, no se consideran cafetazos de infamia alguna o de desigualdad entre los hombres sino, antes bien, “de conciencia social”. ¿No se está criticando a los de los carros, pues?, causantes estos desde aquellos de las suburban hasta los de los chevys, motoristas incluidos, de la desnutrición existente en Camotán y La Unión o en cualquiera de nuestros municipios, especialmente de aquellos cuarenta y cinco, de los que nadie se quería recordar… “¡Qué malos son todos los demás y qué buenos nosotros, ¡los únicos buenos! Los únicos que conocemos, porque hemos leído sobre lo que son el hambre y la miseria… Salucita, hermano, ¡compondremos el mundo! ¿Otro sorbito de café? ¿Acaso otro capuchino? ¿Panito con sardinas y fresco de súchiles, pues?”
“Cuentan de un sabio que un día…” Amén.
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