Había una vez una colonia en la ciudad de Guatemala donde los vecinos vivían felices, organizados en comité por la seguridad y la celebración de la Navidad. En la entrada construyeron una garita con agente uniformado y pluma manual, para separarse de la gente que vivía al otro lado de la vía, en terreno de nadie. Los hombres se turnaban por las noches para cuidarse de los merodeadores, y así sus familias podían dormir tranquilas. Pero no todos participaron en el comité, unos por no pagar lo pactado o porque no se les invitó, como el caso de quien se suponía andaba en malos pasos, porque manejaba un auto agrícola de vidrios polarizados, portaba pistola en cartuchera y varias cadenas de oro al cuello. Sus vecinos lo saludaban de vez en cuando, y él contestaba atento. No aportaba al comité, pero le dejaba buenas propinas al guardia para que no lo detuviera a la entrada, como hacía por fregar con los disidentes.
Todos vivían felices hasta que un día el cielo se nubló. Varios tipos, habitantes del otro lado de la calle, entraron a la colonia como perros por su casa. Uno se quedó entreteniendo al vigilante, mientras los demás escogían las casas de fachada más bonita, para informales a sus habitantes que a partir de esa semana tendría precio su seguridad en la colonia, que ese sábado llegarían a recaudar el impuesto semanal de tanto, que era mucho, para evitarles la desgracia. Las mujeres enloquecieron como ante un terremoto. Los del comité se reunieron de emergencia y fueron a la estación de Policía más cercana para pedir auxilio. Hablaron largo rato y no encontraron solución. No había a quiénes denunciar, no tenían nombres ni generales, y los agentes sólo estaban para pensar en su rivalidad con la Policía Municipal de Tránsito. Abandonaron el recinto desconsolados, unos pensando en la hipoteca, otros calculando de dónde iban a sacar lo del cobro, hasta que el más atrevido propuso hacer partícipe al narco. Tocaron el timbre y pasaron adelante. La casa era como todas, pero la tele enorme, la sala floreada, la pecera iluminada con todo tipo de tiburones, en las gradas un desnudo frente al Sagrado Corazón de Jesús. El tipo escuchó atentamente la historia. No se preocupen, les dijo, sólo corran la voz para que mañana nadie salga de sus casas por ningún motivo. Todos obedecieron, los niños se contuvieron el deseo de correr, las mujeres lavaron la ropa pero ni a tenderla se animaron, y a la mañana siguiente seis cadáveres aparecieron tendidos en un callejón. No los han vuelto a molestar. Los vecinos se enorgullecen de contar con un narco en la colonia, y un nuevo esquema de valores está prosperando a su alrededor.
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