|
Ocho treinta de la noche del lunes, a media cuadra de la pizzería de Emilio Méndez (su sola mención me remite a ése espejismo llamado GuateAmala), en la zona diez. Yo a pata, desplazándome por la banqueta de la avenida, oscura casi por completo. Aparcado en la orilla, un carro blanco de modelo no muy reciente, los vidrios polarizados, las luces apagadas. Normal. Se bajan tres fulanos, saliéndome al encuentro. Uno de ellos, chac-chac, carga la escuadra y me dice: “Tranquilo, chato, danos todo lo que tengás”. Trago saliva, intento explicarle que no llevo nada de valor. Él, sin oírme siquiera: “Vos sólo danos tus cosas, rápido”. Insisto en querer negociar (habré visto demasiadas películas), pero es inútil: “Callate o te vuelo plomo. Seguí caminando. Y cuidado volteás, porque disparo”. ¿Qué se llevaron? Una mochila desvencijada, un celular de segunda mano, mi agenda, un libro preciadísimo que recién había vuelto a mis manos tras años de rolar de amigo en amigo, un DVD, dos CDs, una revista, algunos recortes de periódico, tarjeta de débito, chequera, licencia, un condón, veinte pesos, mis llaves, un estuchito con bolígrafos y esas cosas… … Y un cuaderno-bitácora tupido de apuntes varios (la selva petenera, mi visita a El Mirador, los disturbios en Sololá; temas en los que llevaba sumergido desde hacía algún tiempo con la intención de publicar algo más de fondo). Eso fue lo más doloroso. Demasiada suerte tuve, dicen. Dos asaltos en seis años es poco para alguien que callejea parejo, como yo. La vez pasada no importó porque nada traía, pero lo de ahora me tiene todavía ardido de los coyoles. Y encima, con miedo. Eso me pasa por necio. Por bruto. Por andar con tanto chunche. Nada raro será volver a toparme otra vez con esos cabrones, chupando en una cantina. Risa me va a dar. |
17 comentarios: