El ser filósofo, en cualesquiera de los sentidos que en nuestro idioma tiene el término, adquirió mucha relevancia en nuestro medio a raíz de la elección del doctor Arévalo a la Presidencia de la República. La posterior fundación de la Facultad de Humanidades de la Usac y la fundación de la Facultad de Agronomía motivó al doctor Arévalo a decir “ahora la Usac ya tiene pies y cabeza”.
Muchos años más tarde, cuando uno de mis paisanos, vecino de Jícaro City, supo que también yo había obtenido el título de doctor en esa disciplina, no salía de su asombro. Un día que andaba olorosamente celebrando algo, se me acercó para preguntarme en voz muy baja, “¿no te gustaría ser Presidente?”. Otro paisano, en otra ocasión, me pidió que le explicara qué era eso de la filosofía. Al concluir mi breve disertación se sonrió y me dijo “vos solo estudiaste palabras”. Y contaba uno de mis maestros que un estudiante hindú, quien había pasado un tiempo en Oxford, escribió a casa diciendo que no estaba seguro de que ahora entendía mejor los problemas de la filosofía, pero que sí estaba seguro de que su inglés había mejorado considerablemente.
En todo esto hay una cierta sabiduría implícita. La reflexión filosófica examina la conciencia que tenemos del mundo que nos rodea. Pero toda conciencia necesariamente tiene que formularse en un lenguaje, desde la elemental conciencia, por ejemplo, de tener enfrente una pantalla a la compleja conciencia de tener ciertas obligaciones. Toda conciencia cognoscitiva, por simple o compleja que sea, debe formularse en un lenguaje, de manera que el examen de cualquier tipo de conciencia requiere necesariamente el examen de un cierto tipo de lenguaje. Esta es una de las razones por las cuales Héctor–Neri Castañeda tuvo tanto éxito en el tipo de filosofar con el que se encontró en la Universidad de Minnesota y, posteriormente, en la Universidad de Oxford. Antes de recibir la beca que lo llevó a Minnesota, Héctor–Neri había estudiado en Costa Rica y en nuestra Facultad de Humanidades y, con unos colegas y amigos, incluido nuestro admirado contemporáneo Rodolfo Ortiz Amiel, había fundado el Centro Filológico Andrés Bello. Según él mismo lo expresa, “con mucho vigor me dediqué tanto a mi preocupación pedagógica por la enseñanza del lenguaje como a mi interés por la gramatología. Al volver de Costa Rica discutí esas ideas con algunos amigos. Nos pareció que la transformación de la enseñanza del lenguaje era una contribución a la conformación de la nueva Guatemala y que era un apoyo adecuado a la política que establecería nuestro Presidente pedagogo. De manera que el 6 de enero de 1945 fundamos el Centro Filológico Andrés Bello. Un gramático guatemalteco que todavía vivía y cuyas doctrinas íbamos a criticar, José María Bonilla Ruano, nos atacó en la prensa local. La prensa de Guatemala, fiel a su tradición literaria e intelectual, publicó esos ataques. Nos propusimos la difícil tarea pedagógica de cambiar la enseñanza del idioma español, tanto en la primaria como en la secundaria. Publicamos artículos en los periódicos, dictamos conferencias a los maestros e hicimos nuevas propuestas curriculares al Ministerio de Educación. Nuestras propuestas fueron bien recibidas.
Los nuevos cursos de idioma nacional todavía incluirían algo de gramática, pero tendrían más ortografía, mucha lectura y ejercicios de composición. El Congreso de la República acordó una subvención mensual de Q100 al Centro Filológico Andrés Bello. También tuvimos la suerte de ver publicados, por la imprenta del Ministerio de Educación, cinco números de El Lenguaje. Estos folletos contenían nuestros esfuerzos por elaborar tanto una nueva didáctica para la enseñanza del español.
La Academia Guatemalteca de la Lengua Española no estaba muy activa entonces. Y ya que la menciono, quienes no asistieron a la celebración del 120 aniversario de su fundación, el pasado 23 de abril, se perdieron un acto de primerísima calidad.
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