El deportista, único guatemalteco que ha terminado el Rally Dakar, comenzó a subir la cima del mundo el pasado 10 de abril desde el campamento base.
Por: Enrique Naveda
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Es casi seguro que en este momento ningún guatemalteco se encuentra a pie tan alto ni en un territorio tan frío como Francisco Arredondo hijo, que ayer conquistó el campamento 3 (7 mil 300 metros) en su ascenso hacia la cumbre del Everest (8 mil 848 metros). A 1,300 metros por encima de la altura que concentra más de la mitad de la masa de la atmósfera, y a 1,500 metros de la cima, Arredondo goza de una buena condición física y de un optimismo y un estado de ánimo inmejorable, según Rony Valdés, su relacionista público, con quien se comunicó ayer mediante un teléfono satelital. Pese a esto, Arredondo permanecerá entre 3 y 5 días en el campamento antes de partir hacia el cuarto, que precede a la cima: el tiempo necesario para que el cuerpo logre aclimatarse a las temperaturas cada vez más bajas (por debajo de -25o) y al escaso oxígeno. Se nutre con alimentos deshidratados mezclados con el hielo que derrite con una estufa diminuta. Conforme asciende, la maleta de Arredondo se vuelve más ligera y su ropa más pesada. Capas y capas de abrigos térmicos lo cubren. Por la noche duerme en una carpa que lo defiende de las ventiscas y de pequeños desprendimientos, envuelto en un saco de dormir térmico, un traje protector térmico y una malla térmica. “Una vez aclimatado, hay que preocuparse de los pies y las manos: si están calientes, estás caliente. Si se enfrían, debes preocuparte”, afirma Valdés. No camina solo: su expedición la componen dos estadounidenses y Willy Benegas, el argentino que encabeza el grupo y para quien este es el sexto ascenso. Hasta ayer, hacía tres días que Arredondo no se había comunicado con Guatemala por estar “en tránsito”. “Si todo sigue como lo planeamos”, explica Valdés, “en torno al 11 de mayo partirá del campamento 4 (hacia la cúspide) y debería llegar en torno al 15.” Es decir, si nada raro sucede, si no hay incidentes, y si el tiempo lo permite. Los 15 días que van de mediados de mayo a su final han sido tradicionalmente los mejores para realizar la escalada. Es el tiempo en que por unas jornadas en el pico deja de oírse ese rugido, ese tren lejano que aterra a los escaladores mientras descansan: “el jet-wind”, un viento del oeste que alcanza la velocidad de 50 metros por segundo. A ese momento le llaman “ventana” y debe estar preparado para recibir una llamada del campamento base, salir de la tienda y escalar. Hasta el final. |
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