Recuerdo muy bien la tarde en que murió Aída. Estábamos en el comedor de la casa tomando una sopa juliana cuando llegaron a avisar que la tía Aída se moría.
Por: María Elena Schlesinger/Ayer
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Recuerdo muy bien la tarde en que murió Aída. Estábamos en el comedor de la casa tomando una sopa juliana cuando llegaron a avisar que la tía Aída se moría. Yo me quedé tiesa, viendo cómo flotaban las alverjas, los combos de zanahoria, las tiritas de nabo y las hojitas negras de tomillo dentro del caldo claro. Volví la vista a mi padre: él asintió profundo, dejó la servilleta al lado del plato intacto de sopa y corrió a buscar su sombrero. Aída aún estaba con vida cuando llegamos a la casa. La puerta de su dormitorio estaba cerrada y mis padres tocaron con los nudillos para que les abrieran. Yo me quedé en el zaguán, agazapada detrás de una columna, como para protegerme de la catástrofe y de los pájaros negros que ya revoloteaban por los corredores. Aída era la mayor de las hermanas de mi padre y se había quedado soltera por cuestiones del destino o porque siempre se creyó o demasiado fea o demasiado gorda. Cuando regresó a vivir a Guatemala con su madre y su hermana Loly, ambas hermanas frisaban los 50 y tenían ya cara de resignadas. Estaban siempre juntas, y caminaban atrás de su madre, casi como por respeto. Cuando salían a la calle o a misa a San Francisco lo hacían con guantes de cuero, bolsa pequeñita de mano y sombreros de velitos, y siempre se les vio discutiendo, en francés para que no entendiera la gente, y a gritos. Aquella tarde que Aída agonizaba en su cuarto, me deslicé a la sala. Sabía que algo muy grave estaba pasando porque mis padres se habían olvidado de mí. Entrecerré la puerta como para protegerme y me senté a esperar en el amueblado pullman de plush rojo con tapetitos crochet. Respiré un fuertísimo olor a humedad y vi que las paredes se estaban carcomiendo como muelas por el salitre. Pasé revista: el arpa de Aída, una estatua de bronce de una gitana, un cuadro inmenso con un mar proceloso y las fotos empolvadas de los antepasados. Con los dedos rasgué las cuerdas del arpa e imaginé a Aída, en sus mejores tiempos, viendo pasar a la vida por la ventana de su cuarto, con un vestido de gasa blanca, sintiéndose ágil y esbelta como una gacela. Al caer la tarde, unas voces me alertaron de lo inevitable. Vi desde mi atalaya que Aída salía cargada en una camilla, hinchada como ballena, con unas ojeras muy grandes alrededor de los ojos, la piel verdusca como de sapo y un brazo colgándole, casi rozando el suelo. Los enfermeros hacían lo imposible para no botarla. Al día siguiente que murió Aída, cerraron los visillos de madera de las ventanas y las puertas que daban al patio de la casa de la abuela. Los canarios blancos que habitaban los corredores y el rosal que había sembrado la madre a su regreso a Guatemala se fueron muriendo de olvido y Loly, la hermana inseparable de Aída, con quien peleó las mil batallas en idioma extranjero, no pudo soportar la soledad de la casa y el peso de los recuerdos, y una mañana, después de rezar la novena de los santos difuntos, comprendió que la vida ya no era vida sin Aída y decidió encerrarse en uno de los cuartos de la casona amarilla, simplemente a esperar. A esperar a que corriera el tiempo. |
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