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Quien nos viera, pensaría que somos uno de los países más laboriosos y disciplinados de la tierra, ya que aquí no hay prácticamente vacaciones. Si hacemos un recuento de los días feriados y de los puentes que tenemos en Guatemala durante el año, descubriríamos que, comparado con otros países que sí acostumbran a hacer puentes, somos un pueblo bastante pichicato y masoquista, que no sabe sacarle el jugo a la vida. Viene esto al caso porque anteayer fue el primero de mayo y, vean ustedes, transcurrió sin pena ni gloria, como cualquier día, mientras que en la tele uno ve que en otros lados sí se celebra esta fiesta que conmemora las luchas de los trabajadores. Los mexicanos hacen puente, los chilenos hacen puente, los argentinos, los europeos y hasta los coreanos hacen puente, no se diga ya los papúas, los yukones y los massai, que viven eternamente en puente. Parecería como si los puentes, los desfiles y el bullicio, es decir, la vida, transcurriera siempre lejos, muy lejos de aquí. Yo sueño con la posibilidad de disponer oficialmente de al menos dos puentes anuales de cuatro días -además de las escuálidas vacaciones de Semana Santa y Navidad, que a veces resultan más estresantes que relajantes- para desconectarme de las tensiones cotidianas. Creo que es una necesidad del cuerpo y del espíritu, puesto que nos han (o nos hemos) “estrujado” tanto durante el año, que ignoramos cuánta aridez y resequedad acumulamos en nuestras relaciones afectivas. Lo cierto es que para extraerle el jugo a la vida hay que darse un mínimo de tiempo. Desgraciadamente, como pueblo, como nación, como colectividad, no hemos aún aprendido a hacerlo, así que corremos el riesgo de que sea el tiempo el que nos estruje y nos convierta en polvo antes de lo que canta un gallo. |
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