El Papa es infalible en aquellos casos en que se pronuncia ex cátedra sobre asuntos de fe y no existe ningún católico que sostenga algo distinto.
La Iglesia católica se rige por sus leyes y de igual forma que en los asuntos civiles la ley es la ley, también lo es en lo canónico.
Es curioso pero, el caso es que existen muchos que se dicen católicos y que, sin embargo, sépanlo o no, o no lo fueron nunca, o dejaron de serlo. También existen innumerables personajes que pontifican sobre el catolicismo y que poco o nada resulta ser lo que saben sobre el mismo.
La Iglesia católica y el cristianismo, en general, tienen muchos gratuitos detractores y –lo más curioso– es que muchos de estos se dicen católicos y cristianos pero, eso sí, “a su manera”.
No me referiré en este artículo a las otras iglesias cristianas que también sufren los embates de la crítica, pero no puedo sino expresar que me solidarizo con ellas con el mismísimo respeto que lo hago con la propia.
Existen crímenes que no fueron tipificados como tales en el orden civil sino cuando corría ya el siglo pasado, por lo que hablar de estos en el siglo XVI, con una tipificación tal y antes de que se hubiese dado semejante tipificación delictiva, al menos con los caracteres con que hoy la conocemos, carece de sustentación alguna, sabido como es que no puede verse crimen en las acciones u omisiones de los hombres, sin que exista una ley anterior que lo hubiese establecido. Tampoco puede imponerse una pena por tales acciones si esta no existe previamente, ni pena alguna por acciones u omisiones que no se encuentren calificadas como crimen: Nulla crimen sine lege (No existe crimen sin ley), Nulla poena sine lege (No existe pena sin ley), Nulla poena sine crimen (No existe pena sin crimen). La soberbia nos lleva a ver la Historia desde la comodidad de una poltrona y a juzgar lo ocurrido en el pasado con parámetros actuales que, en ese momento, no existían.
Hoy nos es fácil comprender, por ejemplo, lo que es la tipificación actual de estos delitos pero, la verdad de las cosas, es que esta obedece a una larga y difícil construcción jurídica, plagada de dolor, y de las más amargas experiencias.
Todo cuanto haya ocurrido en el pasado nos puede parecer inaceptable – monstruoso e injustificado incluso– si nos limitamos a verlo desde la simple perspectiva del momento en que vivimos y si no tenemos la paciencia de situarnos en aquel en que ocurriera.
Existe hoy, por ejemplo, quien patea colérico, si se descompone el aparato de televisión y sin embargo, no sabe ni tan siquiera cómo, y por qué es que funciona. ¿Lo sé yo acaso? ¿Acaso usted?
Jamás debió de existir esclavitud. Jamás colonización o servidumbre. Jamás revolución industrial –liberadora esta de aquellas, sin embargo– y jamás, en esta, sus interminables e ingratas jornadas de trabajo. La Irlanda opulenta de hoy debió de serlo siempre y nunca debieron de darse en ella las hambrunas del pasado. La riqueza de la Europa actual debió de haber sido desde el principio de los tiempos, e innecesaria debió de haber sido cualquier emigración, como la hubo.
Todo debió de ser siempre como es hoy ¡perfecto! ¿Perfecto? o –mejor dicho, quizá– ¡cómo será mañana! –cuando se verá esta realidad– la de la soberbia actual –con el mismo– o incluso con mayor rigor crítico con el que hoy juzgamos el pasado… Cuanto somos y tenemos lo debemos en parte a todos aquellos que nos han antecedido.
No todo fue amor –caritas– en aquella Iglesia del siglo XVI vista con nuestros ojos y medida con la vara de medir de nuestros tiempos. La soberbia de entonces, sin embargo, no justifica nuestra propia soberbia, ni esta, la que habrá de darse en el futuro. ¿Acaso nunca aprenderemos?
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