Se llama Fernando Lugo, fue sacerdote y parece genuinamente preocupado por las calamidades que padecen sus compatriotas. ¿Cuáles? Fundamentalmente, la pobreza. Paraguay es, tras Bolivia, el país más pobre de Sudamérica. Su per cápita, medido en poder adquisitivo, apenas alcanza los cuatro mil dólares anuales. La mitad del que tiene el vecino brasilero. La tercera parte del argentino.
El señor Lugo también ha denunciado algunas de las causas de los males paraguayos. Piensa que las peores son la corrupción y el clientelismo. De acuerdo con las mediciones de Transparencia Internacional divulgadas en 2007, Paraguay es uno de los países más corruptos del mundo: nada menos que el 138. En la escala de 1 a 10 (10 es el más honrado y 1 el más corrupto), los paraguayos sufren un índice de corrupción de 2.4. En América Latina solo están más podridos Ecuador (2.1) y Venezuela (2.0).
En Paraguay no hay rendición de cuentas, no funciona la justicia, y la calidad de la gerencia oficial y de las políticas públicas es lamentable. ¿Resultado? Un divorcio total entre la sociedad y el Estado. Ese estado de frustración es la consecuencia natural de 61 años de mal gobierno del Partido Colorado, pero sin olvidar que durante ese período −que incluye los 35 años del general Stroessner− esta formación política recibió el apoyo de una parte del pueblo. Incluso, Lugo pudo ganar ahora con el 40 por ciento de los votos porque sus rivales colorados acudieron escindidos en dos vertientes que recibieron el 30 y el 21 respectivamente.
Lamentablemente, el presidente Lugo, tan certero al identificar los males que aquejan al país, se propone corregirlos con las ideas equivocadas. Se ha declarado seguidor de la Teología de la Liberación, una receta económica y filosófica puesta en circulación en 1971 por el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez. Un buen hombre, poco educado en cuestiones económicas, que atribuía la pobreza de los latinoamericanos a la perfidia del capitalismo y a los designios malvados de las naciones prósperas del mundo desarrollado, atropellos que justificaban la insurrección y explicaban la admiración de Gutiérrez y sus seguidores por la dictadura cubana y la violencia revolucionaria guevarista.
Es una lástima que Lugo optara por Gustavo Gutiérrez, en lugar de leer con cuidado al teólogo católico Michael Novak, consejero de Juan Pablo II y autor de El espíritu del capitalismo democrático; o que no se acercara al padre Robert Sirico, quien desde su Acton Institute, en Michigan, educa a sacerdotes y laicos católicos en los elementos básicos de la economía moderna, para que no diseminen disparates que agraven los enormes problemas que padecen los pobres.
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