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Decidimos aprovechar el veranillo, cocimos suficiente huevos duros y nos fuimos de picnic la semana pasada. A solo 45 kilómetros de la ciudad, entre cafetales y sembradíos de piña, se encuentra el Parque Nacional Laguna del Pino. Setenta y tres hectáreas cubiertas de pinos y casuarinas. Suficiente espacio. Suficiente verde. Suficiente sombra para extender un mantel, colgar una hamaca y ver las pequeñas embarcaciones surcar el agua de la laguna, y los caballos de alquiler recorrer a trote los senderos. En fin de semana llega una multitud de visitantes a bañarse, patear pelota y comer jutes o elotes cocidos que venden en pequeñas trampas y palanganas de picops. Una playa infestada ya de ninfa y planta extraterrestre, como le llaman los lugareños, no disuade a los niños de zambullirse como patos y retozar en el agua. Algunos pescan. Algunos tiran guijarros. Algunos más juegan escondite en los bosques de la ribera. Es refrescante ver, en un relajado sopor, los movimientos distendidos y hasta agraciados de los otros cuando no se sienten constreñidos, amenazados ni apremiados. Un poco de espacio y de pronto es posible recordar que no vivimos, como tenemos la impresión tan a menudo, rodeados de enemigos y predadores. Descansar de la sensación angustiante de ser especímenes en vías de extinción. A media hora de la capital, este parque nacional se presta a ser ese espacio abierto y esencial que la presión inmobiliaria ha negado a la urbe. Es cierto que le hacen falta basureros, señalización y baños. Una conservación más eficiente de la laguna. Seguridad, también. Pero una brisa fresca y el paisaje campestre resultan más atractivos que las perspectiva de un domingo hibernando frente a la tele o sacando a los niños a dar una vuelta perruna bajo la luz estéril de un centro comercial y la mirada aguileña e inquietante de guardias armados. |
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