Guatemala es un país fragmentado y no existe una etapa en su historia colonial o republicana que evidencie que fue un país unido. Esta severa fragmentación y enfrentamiento contemporáneo se acentúa y se expresa en insultos cuando en el presente se aborda, desde cualquier ángulo, el conflicto armado interno de 36 años. Sin embargo, los ataques se hacen más severos cuando quien habla, escribe o diserta es un hombre o una mujer proveniente de cualquiera de los pueblos indígenas, que son ante la documentación desclasificada por el Gobierno de Estados Unidos y por evidencias recogidas en diversas investigaciones, sobrevivientes de la reciente política estatal genocida.
Quienes se niegan a leer, conocer o analizar críticamente la historia de su propia clase social, grupo racial o área geográfica donde se formaron, recurren a estribillos superficiales respecto a la guerra.
Uno de estos es el que plantea que en el reciente genocidio fueron soldados indígenas los que mataron a poblaciones indígenas. En el fondo, quienes repiten esta aseveración lo hacen con el propósito de acallar cualquier demanda indígena y de colocar en una situación incómoda a quienes denuncian y demandan justicia en el marco de los derechos individuales y colectivos.
Pero quienes reproducen el planteamiento de que indígenas mataron a sus propios hermanos, no están más que reduciendo su visión histórica porque están tomando un solo elemento y separándolo del contexto nacional e internacional. Por ejemplo, olvidan el impacto que tuvo en Guatemala la política anticomunista que fue impulsada por Estados Unidos en el marco de la Guerra Fría durante esa etapa. Y cómo esta política determinó el tipo de entrenamiento que se diseñó para los militares guatemaltecos responsables de planificar y ejecutar la política de Tierra Arrasada. También quieren obviar cómo la alta jerarquía de la Iglesia católica se unió a la cruzada anticomunista, no solo por alianza con la élite nacional, sino porque hacía eco a la política que emanaba del Vaticano.
En el marco nacional desechan que las Patrullas de Autodefensa Civil fueron creación de macabros planes, donde no participaron cuadros indígenas, pero buscaron desarticular los complejos entramados de las comunidades indígenas. Y este artículo no es una apología a la izquierda, porque ellos también tienen harta responsabilidad durante y después de la guerra frente a la fragmentación nacional.
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