Un lector interesado en la vida y obra de don César Brañas (1899-1976) me hizo recientemente la consulta sobre los motivos que pudieron generar la inasistencia del poeta en 1958, al acto en el cual se le entregaría la Condecoración del Quetzal.
Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
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Un lector interesado en la vida y obra de don César Brañas (1899-1976) me hizo recientemente la consulta sobre los motivos que pudieron generar la inasistencia del poeta en 1958, al acto en el cual se le entregaría la Condecoración del Quetzal. Brañas se negó a recibir el honor en persona, y más allá de los motivos particulares que pudieron plantearse en aquel momento para justificar su decisión, yo me remitiré a lo leído en sus Diarios de un aprendiz para elaborar una hipótesis. Brañas se mantuvo siempre al margen de los honores y aplausos, y todo halago y adulación era recibida en privado con desconfianza. Temía que detrás de las flores estuviera el puñal o la mentira piadosa, y cada vez se metió más dentro de su caparazón de libros que fue el destino imaginario de su exilio interior. Brañas experimentó un terrible vacío y le dolió el espaldarazo de los autores nacionales durante el período iluminado de nuestra década revolucionaria. Sus ideas y desapego a cualquier ortodoxia lo hizo desconfiar del proceso, o simplemente no se le hizo partícipe de la dicha de entonces. Una multitud de autores brillaron, y su obra construyó nuestro imaginario del siglo XX, pero a Brañas se lo excluyó, se lo apartó. Durante 11 años no publicó nada. No participó en la corrida de toros de nuestra mejor época intelectual. Tras la caída de Jacobo Árbenz, nuestros autores iluminados asumieron el destierro y Guatemala siguió por algún tiempo publicando obras literarias según la costumbre adquirida, pero se cambió a las figuras tachadas de rojo por sus relevos, por quienes no habían destacado en la década vencida, y es así como reaparece Carlos Wild Ospina con su novela Los lares apagados (1958), y el Estado premió a Virgilio Rodríguez Macal por El mundo del misterio verde (1958), autor que en el mismo año lanzó en España su novela Negrura, y Brañas publicó Zarzamoras (1957), Raíz desnuda (1958) y Ocios y ejercicios (1958), lo que le habrá valido el reconocimiento. Durante los años de Arévalo y Árbenz, Brañas no publicó nada, y de repente lo da todo. El Gobierno quiere brindarle el aplauso. Brañas había escrito agobiado y amargado por el olvido en su Diario de un aprendiz de tímido (1956): Hay escritores de revista como hay escritores de salón. Que aparezca el nombre de uno en una gran revista, qué ascenso tan grande (se siente uno ya coronel). Sin embargo, las nubes siguen pasando por encima de la personal estatura. Y un poco más, aún. Guatemala quiere hacerle justicia y convertirlo en bandera del nuevo poder dominante, lo que le significaría el menosprecio de parte de sus amigos en el exilio, como Luis Cardoza y Aragón. Asistir a recibir dicho reconocimiento de quienes habían terminado con la Revolución era un asunto muy delicado. Brañas no estaba de acuerdo con las ortodoxias, pero tampoco quería convertirse en bandera de los contrarrevolucionarios. Optó por negarse nuevamente a sí mismo. Ni de unos ni de otros. |
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