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Las únicas noticias que tuve de mayo del 68 parisino, se reducen a una serie de fotografías publicadas al calor de los acontecimientos por la revista Life: muchachas y muchachos de cabellos largos enfrentándose a la Policía en calles que no estaban lejos del desastre. Había algo de rabia contenida en todo aquello, pero también mucho de algarabía y de fiesta. El lado gozoso de la revolución hasta que, con la invasión de Praga y la masacre de Tlatelolco, las cosas empezaran a tomar un giro dramático. Ese mismo giro que acompañaría todo intento de revuelta juvenil en los años setenta. Lo que recuerdo es que en el 68 me dieron paperas. Así que buena parte de la revolución me la pasé acostado en una cama, oyendo canciones idiotas por un radio de transistores. Las canciones eran idiotas pero tenían su encanto. Había en ellas un aire de profundo desenfado, una sensación de que lo mejor estaba por venir y había que estar lo suficientemente despierto. A mí, lo único que me unía a esa generación era el aburrimiento. Eso lo supe después. Los jóvenes se aburrían en todos lados –lo dijo Cohn Bendit– y habían decidido rebelarse. El mío de seguro provenía de las paperas, pero en el fondo siempre sospeché de que se trataba de algo más amplio. Me aburrían, también, las clases y los profesores, las caras de siempre, una ciudad somnolienta y sumergida entre volcanes, esas calles donde no pasaba nada. “La vida está en otra parte”, decía Rimbaud. Y yo, a pesar de la monotonía, tenía aún la capacidad de esperar lo extraordinario. No llegó nunca, pero eso ya es otra historia. Debajo del pavimento, era evidente que no estaba la playa, pero fue bueno creerlo. De mayo del 68 probablemente no queda nada: recuerdos amontonados, nostalgia de insurrecciones y de nuevo Rimbaud: “Aquí comienza el tiempo de los asesinos”. |
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