Para pesar de muchos reaccionarios, la marcha del Primero de Mayo fue una demostración más de la existencia del sindicalismo, de la presencia de una clase en las calles exigiendo sus derechos y evidenciando la crisis económica que agobia a los trabajadores. Mucho se ha insistido en no hablar más de izquierda ni derecha, que la lucha de clases pasó a la historia y no se quiere oír de la explotación e injusticia que reina en el mundo del trabajo. La negación de derechos, las condiciones y el trato de las jóvenes mujeres en la maquila y otras fábricas, son un ejemplo de ello, como lo pueden ser las fincas y plantaciones y, por supuesto, los mineros refundidos en las montañas del país.
Han transcurrido ocho años del nuevo milenio y conforme pasa el tiempo, el sindicalismo sale de escena o más bien la mayoría de los medios de comunicación lo sacan o solo lo mencionan en aspectos negativos de las organizaciones y sus dirigentes. Muchos no se atreven a decirlo, pero quisieran que la palabra sindicato desapareciera, porque para ellos sigue siendo sinónimo de comunismo, los obreros organizados atentan contra su bienestar y tranquilidad y creen que la Sección Octava de la Constitución de la República y el Código de Trabajo deben desaparecer y, en vez de ello, debiera contemplarse el derecho de los patronos a tener cárceles y hacer lo que les venga en gana con aquel que ose levantar la voz para exigir respeto a sus derechos.
Es indudable que hay errores y aprovechamiento de algunos dirigentes, pero ello no justifica el descrédito a todo el movimiento sindical, ni mucho menos su sepultura, pues si no fuera por su existencia y su lucha histórica, ¡qué sería de la clase obrera!, si a pesar que las conquistas le han costado muchas vidas, persecución y exilio, estas van en retroceso como es evidente en la jornada de ocho horas, en la estabilidad laboral e incluso en aquellos aspectos de prestaciones y seguridad social que es decadente. La oposición rotunda de los empresarios a la revisión de los salarios mínimos es un hecho, así como su constante intento de borrar ese aspecto de la legislación laboral, para pasar a fijar un salario por productividad que solo les beneficia a ellos y, a la vez, provoca la división y competencia desleal entre los trabajadores.
Por ese tipo de condiciones y arremetidas contra el sindicalismo, es que ni la izquierda ni la derecha han desaparecido, porque una sigue levantando la bandera de cambios profundos y la otra el mantenimiento del sistema y de un Estado a su servicio. Si bien es cierto no todos los trabajadores se identifican con la izquierda, el sindicalismo en general representa los intereses de una clase y su existencia en los países democráticos es innegable.
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