Sus padres reciclan para vivir, pero las sillas que pintan los niños de Camino Seguro son cien por ciento originales.
Por: Gabriela Lehnhoff
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El proyecto es simple: niños del relleno sanitario pintan de colores una serie de sillas de madera, las exponen en una galería y las venden para recaudar dinero. El trasfondo, sin embargo, no es tan simple, en una comunidad en riesgo constante por pobreza, maras, drogas y hogares inestables. En el basurero de la zona 3 hay una casa donde, según los voluntarios que allí trabajan, “cada niño puede ser simplemente un niño”. La ONG Camino Seguro (Safe Passage) provee un refugio durante el día para los hijos de los guajeros, personas que viven de buscar y clasificar objetos para reciclaje entre la basura del relleno. Después de la escuela, los niños llegan para jugar deportes, aprender inglés, computación, música, teatro y artes plásticas. Reciben ayuda financiera para uniformes, zapatos, matrículas y libros, sus familias reciben una canasta básica. Todo esto a cambio de que sus padres los manden a la escuela en vez llevarlos al relleno a trabajar durante el día. A los más aplicados los lleva Carlyn Wright-Eakes, una joven voluntaria estadounidense y maestra de artes plásticas, varias veces a la semana a una terraza a pintar sillas. Como parte de un programa que les enseña valores universales, el crear un diseño para las sillas los motiva a meditar sobre paz, amor, respeto, tolerancia, honestidad, libertad y unidad. Al principio no saben qué pintar, se sientan frente a las sillas y piden ayuda, o copian corazones y otros símbolos que han visto. “Parte del proceso es darles confianza para sí mismos”, explica Wright-Eakes, quien les lleva pinturas de Miró y de Picasso a la clase. “Hay que ayudarlos a que se sientan más cómodos con el arte como lenguaje, darles ejemplos visuales para que puedan desarrollar su creatividad”, explica. Otra de las voluntarias, Chloe Rusca, explica que el proyecto busca promover un diálogo entre los niños del basurero y su ciudad. “Utilizan símbolos en las sillas para que alguien de otra comunidad, que vaya a la galería de arte, pueda ver piezas que representan quiénes son, qué sienten, qué piensan de su mundo”, dice. “Creo que tratan de de pintar algo más luminoso y alegre que lo que ven todos los días”. Rusca y Wright-Eakes son dos de docenas de voluntarios estadounidenses y europeos que viajan a Guatemala cada año inspirados por la fundadora de Camino Seguro, Hanley Denning “el Ángel del Basurero”, quien hace casi diez años les pidió a las guajeras que le dejaran a sus hijos mientras iban a trabajar. Vendió su carro y su computadora y decidió dedicar su vida a apoyar a los primeros 26 niños; ahora hay aproximadamente 650. Denning murió en un accidente automovilístico hace poco más de un año, pero la ONG no murió con ella; atrae voluntarios y donaciones de Estados Unidos y Europa. Jóvenes entusiastas como Wright-Eakes y Rusca buscan recaudar fondos, a través de proyectos como “Sillas de la esperanza”, para que en la zona 3 haya siempre un segundo hogar para los hijos de los guajeros, y un camino seguro hacia el futuro. |
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