Conocí a Lulú Colom de Herrarte, como muchos colegas de mi generación, por una foto en blanco y negro. La imagen donde ella aparece, con el rostro transfigurado por el dolor, levantando hacia las cámaras el cuerpo bañado en sangre de su hermano, el líder político Manuel Colom Argueta, todavía parece estallar con el grito que entonces le reventaba el pecho a Lulú: “¡miren, miren lo que le hicieron a Meme!”
Esa foto escalofriante siempre ha sido para mí el equivalente local del retrato de la niña vietnamita corriendo desnuda bajo la lluvia de napalm: la imagen que condensa para siempre el horror y el sufrimiento de una guerra, en este caso, la nuestra.
Tiempo después tuve la dicha de conocerla en persona. Mientras la paz se negociaba fuera de Guatemala, en uno de los salones blanquísimos del Arzobispado, un grupo de activistas de derechos humanos convocó a una conferencia de prensa.
Yo entonces era una mocosa y cuando estaba guardando mi grabadora y la libreta de reportera en la bolsa, Lulú se acercó a hablar conmigo pues le gustaban mis notas.
Con su pelo castaño impecable, la sonrisa luminosa y un pañuelo de seda anudado en el cuello, destacaba en el lugar por su porte de gran dama. Ella se veía distinta en aquel grupo donde predominaban las camisetas y los morrales, pero la actitud de Lulú estaba limpia de poses y paternalismos.
A diferencia de otras señoras que hacen beneficencia con la punta de los dedos, Lulú escogió desde joven entregarse a una solidaridad que no conoció dudas ni límites ni tibiezas… y que le costó muy cara.
Cuando mataron a Manuel, por ejemplo, ni ella ni sus hermanos aceptaron guardar silencio y bajar la cabeza, como había que hacer entonces para sobrevivir. La familia publicó un comunicado señalando que Manuel había sido vigilado durante varios días y responsabilizando al Gobierno del crimen.
La persecución contra Lulú arreció. Autos con judiciales rondaban su casa y el colegio de sus hijos. Las amenazas le llegaban de todos lados y las acciones intimidatorios subían de tono. Le saquearon una casa y le robaron la escultura inmensa de un Cristo que fueron a quitar de la cima de un cerro en una de sus fincas.
Ante semejante acoso, Lulú no tuvo más remedio que salir al exilio. Alguna vez me dijo, en la penumbra del salón de su casa, que los años de soledad en San Francisco fueron la parte más dura y más amarga del asesinato de Manuel. Esa separación de Guatemala, de su esposo, de sus hijos, le pesó siempre en el corazón, como una herida abierta.
Se sobrepuso como ella sabía hacerlo: ayudando a los demás, trabajando para una comunidad ajena, para refugiados de otras guerras.
Así volvió a encontrar el aliento, porque Lulú era ante todo una mujer alegre que desde niña, cuando quedó huérfana, sabía buscar la felicidad donde se escondiera.
Le encantaba el arte desde antes que en Guatemala hubiera galerías, cuando coleccionar pinturas era una excentricidad un tanto inexplicable. Entonces Lulú fue mecenas y amiga de los exponentes más importantes de nuestra plástica.
No había frontera que su amistad no cruzara: desde la edad hasta el origen social o las posturas políticas. Un día llegaba a almorzar a su casa el maestro Luis Díaz, al día siguiente estaba ahí su banquero de confianza y al tercero le tocaba a la activista Rosalina Tuyuc.
Yo disfrutaba mucho visitarla porque siempre estaba rodeada de personajes. La última vez que fui a verla antes de su recaída, pasé una tarde muy divertida entre una hacendada de la costa, señora encantadora, una filóloga salvadoreña que nos hizo reír con los dichos de los vecinos y la esposa de un intelectual.
Con Lulú aprendí de todo, desde su testimonio vivo de la historia hasta a reconocer la buena porcelana francesa.
Vivió a plenitud, fiel a sus convicciones, con una generosidad superior a sí misma. Luchó contra el cáncer con el coraje y la serenidad que destinó a las grandes causas, pero supo llegar al final con la confianza que solo otorga la fe.
Le gustaban los colores encendidos: los amarillos, los corales, los violetas. Hoy le pertenece el azul del cielo. Adiós Lulú. Gracias por el ejemplo, por los recuerdos, por la amistad.
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