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Respirar es una actividad sumamente corrosiva. Cada vez que respiras tu cuerpo se muere otro poco. Con cada respiración te degradas un tanto más (estrés oxidativo, por exceso de radicales libres). Para tanta metáfora mierda sobre el aire, resulta que igual nos mata, indirectamente. Este aserto de la ciencia invalida la creencia universal de que respirar es parejo a vivir. Podríamos decir que respirar es una cuarenta y cinco que alguien ha colocado en la sien de tu sangre. Si respirar es venenoso, lo menos que puede hacer uno es respirar en el Lugar Correcto. Es un arte eso de respirar en el Lugar Correcto. El Lugar Correcto no es un lugar único, sino un lugar cambiante. Se mueve, es casi irritante lo que se mueve. Y mi discernimiento me dice que ahora el Lugar Correcto es –quién lo hubiera dicho– el Lago de Atitlán. Oh no, no soy ningún seminarista del LSD, freak ecológico, marxista new age, ni he sido amancebado por los extraterrestres, que yo sepa. Es sólo que cuando vi esa casita –camino a Santa Catarina Palopó– con su inesperada terraza y sus gatos y su chimenea y su senderito que baja y que baja, algo me dijo: ah sí, esto es. Hay que amolar la cuchilla. Hay que defenderse en esta vida. Hay que buscar el Lugar Correcto. La belleza del Lago es bestial. Observo, percibo, contemplo, embelesado, a esta hora crepuscular, los mil reflejos dorados, que se desorganizan para dar a luz otro palimpsesto extasiante. Lo moral sería desangrarse viendo esta escena tremenda. Es lo que buscan todos esos pálidos turistas; para eso vienen a Hispanoamérica, en búsqueda de otra cosa que un seguro social. Fuera de la intriga presupuestaria, y de ciertos inconvenientes previsibles que suponen vivir lejos de la capital, estoy completamente emocionado. No soy inmune a los malditos radicales libres, pero sépase que soy un radical libre yo también. |
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