La impunidad que se impone y crece en Guatemala ha abierto múltiples espacios para una serie de delitos de menor impacto que los crímenes a granel, no permiten que ni los afectados ni las autoridades accedan a un espacio para alcanzar la efectividad de la ley que castigue a las redes de embaucadores que se extienden como ondas expansivas en las áreas rurales del país.
Se trata ahora de novedosas formas de estafar a los que se mueren de hambre, que desesperados buscan cómo salir de la miseria y, en ese afán, caen en manos de ladrones con buena verba que les prometen la tenencia de la tierra, vivir el sueño americano y hasta con ser premiados por las casas comerciales de los productos que se venden en las misérrimas tiendas de los polvorientos lares.
Se desplazan por las aldeas grupos que saben entrarles argumentando que representan a las ONG, del extranjero o a intermediarios con el Gobierno, y que andan buscando tierras para comprarlas y repartírselas. Reúnen cientos de campesinos en la casa de algún líder local y de entrada les piden Q200 por cabeza “porque necesitan iniciar los trámites de solicitud” y en un solo día juntan hasta Q10 y Q20 mil y se los embolsan. Regresan cuando les dicen que todo va bien, pero que para formalizar las asignaciones necesitan que los interesados les den Q800 más. Entonces caen de tontos menos, pero los estafadores juntan más. A las pocas semanas regresan a ver si caen otros, pero les dejan saber que hay otras propiedades lejanas también para ser escogidas. En esas y las otras desaparecen del lugar y los campesinos siguen esperando la oportunidad a la tierra prometida.
La otra estafa es la del viaje a Estados Unidos ya contratados por alguna empresa y con papeles legalizados. Esto lo hacen de acuerdo con guizaches citadinos. Inicialmente les sacan Q500 para llenar la solicitud y al final les dicen que se necesitan otros Q500 para venir a firmar el contrato a la capital. Al pasar dos semanas regresan, los suben a una camioneta, los traen a una oficina, los incautos pagan por firmar un papel. Les dicen que pronto los llamarán y cuando los campesinos los vienen a buscar han desaparecido del lugar.
Aunque usted no lo crea. Se movilizan en carros particulares, ladrones con uniformes de alguna empresa distribuidora de productos alimenticios o industriales. Llegan a las tiendas que están a lo largo de los caminos, dicen que van en nombre de esa empresa promocionando una rifa de muchos productos –los que la tienda compra– y les dicen a las dependientas que para entrar en tan generosa rifa solo necesita inscribirse con cien quetzalitos. La mayoría cae de tonta y los tipos les llenan el papelito y desaparecen.
La mayoría no denuncia para no dar a conocer su estupidez, y los que se animan a denunciarlo a la Policía, los guardias se ríen de ellos. Todo el panorama denota que vivimos en el país donde robarle al otro por una engañifa se ha vuelto una práctica natural. Si no que lo digan los políticos y corte de cooperadores que impunemente dan el ejemplo.
Agregar comentario:
9 comentarios: