El juego de póquer y las apuestas no son cosa nueva en el mundo ni en Guatemala. Muchos de nuestros jugadores cuentan que empezaron a apostar por aburrimiento, otros fascinados por la adrenalina que les recorre el cuerpo al perder o ganar, pero cada vez más gente se reúne en casas o acude a los bingos y casinos a jugarse el futuro, a perder moderadamente o empeñar a la mujer o marido, ingresando poco a poco en los oscuros meandros de un vicio que cobra vidas y enriquece a quienes creen ciegamente en el derecho de la suerte, encantados por lo fácil, porque no tienen empacho en bailar felices sobre las cenizas calientes de los suicidas. Pero también están los apostadores por desesperación, porque perdieron la fe en el futuro, como cierta persona que el pasado viernes juntó sus ahorros en dólares y los cambió según una tasa miserable. Mirá, me dijo, hasta la dichosa moneda gringa se nos derrumbó, me dieron menos quetzales de los que yo pagué hace un tiempo por mi preciado ahorro. Andaba deprimido, pensando que ya había cruzado los 50 años y continuaba perdido en el túnel. Me comentó que iba a jugarse los ahorros porfiando un golpe de suerte, porque lo quería todo o nada, porque eso de trabajar y trabajar sin respiro lo tenía desesperado, y la gota que había rebalsado el vaso fue encontrarse en la calle con un carro haciendo publicidad del Gobierno, gastando gasolina ahora que está tan cara, exhibiendo un letrero que decía algo así como “Vamos por buen camino”. Ellos talvez, pensó, porque la mayoría nos estamos hundiendo. Ordenamos un trago y yo traté de hacerlo desistir. Temí augurarle el fracaso por lo que guardé silencio, además me pareció totalmente dispuesto al desbarranque. Frente a mí compró un número de la lotería, porque si le iba mal esa sería su tabla de salvación. Nos despedimos en el bar.
A él le llevó como cinco horas perder su fortuna disminuida. Probó en todos lados, hasta en una lotería recién estrenada, en los casinos construidos para atraer gringos chiflados en un club. Esa noche regresó limpio a su casa, le confesó a la esposa que se había gastado de un tirón el escaso respaldo común para gastos médicos, que hubiera sido mucho mejor gozarlo juntos en un viaje a Cancún, pero que lo había perdido todo para ponerse parejo con la patria. La esposa no se enojó ni se puso a llorar pero tampoco lo apoyó, quizá ya sabía lo que iba a ocurrir, lo adivinó cuando empezaron juntos a apostar pequeñas sumas en casas de amigos, porque cuando él estaba a punto de ganar le brillaban los ojos pero siempre perdía. La suerte no le llega a quien la anhela, a menos que esté trazada en su destino, leyó en alguna parte y se lo aprendió de memoria. A principios del siglo XX hubo muchos jugadores que perdieron fortunas de verdad, y le hicieron gran daño a sus familias. Nuevamente está empezando la ola. Es lamentable.
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