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La semana pasada falleció Albert Hofmann, descubridor del LSD o dietilamina del ácido lisérgico. Tenía 102 años de edad, y quién sabe qué cantidad de dosis (cientos, acaso miles) habrá tomado desde que, en 1943, de forma inadvertida absorbió por primera vez aquella prodigiosa sustancia. No obstante (y a pesar de haberse demostrado su escasísima toxicidad, su rápida metabolización y su nula capacidad adictiva), las grandes mayorías desinformadas insisten en considerar al ácido poco menos que como obra del Demonio; ello debido, en gran medida, a la política prohibicionista de Estados Unidos, tan empapada de furor puritano y tan decidida en su pretensión de consolidarse como policía del mundo. Lo que nadie pone en duda es la extraordinaria potencia del fármaco: tres diezmilésimas de gramo bastan –y sobran– para postrar a cualquiera, durante más de doce horas, con acceso a estados de conciencia en los que no es raro apreciar “flores de celofán y cielos de mermelada” (John Lennon). Un trance visionario muy útil, según el escritor Aldous Huxley (a quien debemos el afortunado veredicto según el cual el lago de Atitlán es el más hermoso del mundo), para trascender las incoherencias propias del dualismo platónico-cristiano: carne y espíritu, cielo e infierno, sujeto y objeto. Tampoco es discutible que consumir LSD exige, so riesgo de sufrir malos viajes y alucinaciones terroríficas, atender cautelas mínimas a fin de procurar un estado de ánimo, una ocasión y una compañía adecuados. Qué acertadas, pues, suenan hoy las palabras del poeta Henri Michaux cuando, tras ser uno de los primeros en probar ácido, expresó: “El riesgo es desperdiciar el alma, y la esperanza es ensanchar sus confines”. (Más información: http://www.elperiodico.com.gt/es/20060115/14/23661/). |
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