En una calle de la zona 15 que –como muchas– suele convertirse en un embudo a las horas pico, estaba –sin ser mi ruta habitual– metido esperando que la cola avanzara. A la par mía, un patojo, que no llegaría a los 25 años, bajó de un volkswagen, con llave de chuchos en mano, para agredir a un pobre hombre que se encontraba delante de su carro en un picop maltrecho y quien “se atrevió” a no moverse, cuando el patojo loco, pensó que debía hacerlo. El energúmeno lo invitaba que se bajara del carro, para partirle la cabeza con la herramienta… el hombre más juicioso rehusó el reto y, entonces, el patojo le aboyó la palangana del picop y regresó a su vehículo, dentro del cual lo esperaban otros dos “valientes” amiguitos.
Escenas como esta se repiten en nuestras calles todos los días… no se trata del calor de la época, se trata de la cultura del abuso. Abuso cuando las instituciones no funcionan como debieran; abuso porque la autoridad no es tal cosa; abuso porque los servidores públicos no sirven sino se sirven; abuso porque los derechos fundamentales del guatemalteco no pasan de ser letra muerta. El derecho a la vida es violado por miles de asesinos que andan sueltos. El derecho a la propiedad está en manos de los cacos que roban a sus anchas con la plena certeza de que no serán castigados. El derecho a la libertad se restringe a nuestras casas; y en el caso de los comerciantes, a estar tras sus mostradores, frente a los que se yerguen feas pero “indispensables” rejas… los enrejados –entonces– son los honrados, mientras los maleantes pasean libremente.
Pero a la cadena del abuso y acoso a la ciudadanía se han sumado –cada vez más– las municipalidades. Emulando a la capitalina, varias municipalidades han creado su propia policía municipal, pero no para controlar el tránsito ni para beneficiar al contribuyente de cada municipio, sino para esquilmarlo, para robarle, para abusar de este. El caso más emblemático en abuso, corrupción y prepotencia es la Municipalidad de Mixco, encabezada por Amílcar Rivera, patojo abusivo –como el del volkswagen– que se está pasando de la raya, y seguramente de seguir así, deberá lamentarlo. La repitente administración Rivera se ha propuesto hacer gastar más combustible a sus vecinos, pues terminadas las hora pico, instalan puestos de “registro”, asignándoles o inventándoles remisiones a quien les da la gana. También se han dado a la tarea de ponerles cepos a los vehículos de gente de trabajo que regresa a su casa a almorzar o a descansar, y “se atreve” a dejar su carro frente a su portón. No hablo de bulevares principales ni áreas donde se estorbe la locomoción; en plenas áreas residenciales de Ciudad San Cristóbal, las huestes ignorantes de Emixtra acosan –junto a los delincuentes– a los buenos vecinos ¡Agarrá al patojo Abraham!
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