En épocas pasadas, el nacimiento de un nuevo vástago se celebraba en una familia como todo un acontecimiento, ya que el hecho de salir airosos de los meses de la gestación y del parto, resultaba ser, tanto para la madre como para su pequeño hijo, toda una hazaña de sobrevivencia.
Por: María Elena Schlesinger
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La noticia del nacimiento de un nuevo niño o niña se anunciaba por medio de un recado llevado a la casa del pariente o amigo por medio de un propio. Era la costumbre citadina de antaño, el poner a las órdenes a la nueva criatura inmediatamente después de nacida: “Que dice doña Concha y don Roberto que ya nació la criatura y que se las manda poner a las órdenes. Que fue una niña y se llamará Refugio de la Encarnación como su abuela”, repetía como loro la empleada descalza y de delantal enyuquillado, quien era recibida en el zaguán, lugar hasta donde les era permitido llegar a los empleados y sirvientes de la casa. El “poner a las órdenes” a un recién nacido era una costumbre antiquísima, posiblemente de origen español, con la cual las familias pobres ponían a disposición de sus amos o familiares acaudalados a los pequeños recién nacidos, ya fuera regalándoles al término de la crianza o en el futuro, cuando el joven pudiera realizar trabajos en el campo u oficios domésticos en el caso de las mujeres, como sirvientas de casas. En Guatemala, existen aún costumbres arcaicas y discriminatorias en cuestiones de género, cuando se trata de celebrar la llegada de un nuevo bebé. Muchas veces en nuestra patria se manifiesta el asqueroso machismo desde el momento del nacimiento: si nace niño, se celebra con júbilo y fiesta. Se queman cuetes, se mata gallina y se cocina en caldo amarillo con hierbabuena. En cambio, si nace una mujer, simplemente no hay acontecimiento qué celebrar. En actitud prepotente, el esposo o compañero de la parturienta y muchos de los familiares incriminan a la madre culpándola por el sexo de la criatura. La señalan como la responsable de la “desgracia” y la hacen sentir como una inútil y chambona “porque no le pudo regalar a su esposo un hijo varón”: resabios de épocas feudales cuando la llegada de los hijos hombres eran bienvenidos porque aseguraban a la familia mano de obra y ayuda en las arduas labores del trabajo y el campo. Por el contrario, las hijas resultaban ser siempre una carga más, una boca más que alimentar. El nacimiento de un varón era celebrado también por cuestiones de apellido y linaje, ya que el hombre es quien sigue manteniendo el apellido o el linaje. Es tan arraigado aún en nuestro medio este menosprecio por el género femenino que en nuestro caso particular, y no hace mucho, mi esposo recibió, después de cada uno de mis cinco partos, frases conmiserativas y de consuelo como “ay pobrecito, no le cumplieron”u “otra vez no pudo celebrar con caldo de gallina”, cuando anunciaba que había sido una niña. Me imagino que esta gente me habrá visto como un completo fracaso en asuntos de traer hijos hombres al mundo, mientras nosotros chineábamos, felices y contentos, a cada una de nuestras cinco hijas. ¡Feliz día para todos y todas las personas que son madres! |
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