Hace unos días, me comentaba un alto funcionario del Gobierno que se vio obligado a lidiar simultánea y recurrentemente con Chávez y con AMLO, que no solo se parecen, por ser “un peligro para México”, sino que tienen una característica adicional: colocan a sus adversarios e interlocutores en una situación semejante, inevitable e inaceptable. Pero peor aún, dicha situación no posee alternativa, por lo menos en el contexto actual, tanto en México como en América Latina.
AMLO, desde el 2 de julio, ha hecho lo que dijo y ha dicho lo que iba a hacer. Proclamó su total indiferencia y rechazo a las instituciones mexicanas, a la ley y más precisamente a las reglas del juego, reglas que, por cierto, le sirvieron para ser candidato a jefe de gobierno del DF en 2000, candidato a la Presidencia en 2006, lograr la elección de una gran número de legisladores en 2003 y 2006, y en general hacer del PRD la segunda fuerza política del país. Sobre advertencia no había engaño: no acepta las reglas del juego, ni en el IFE ni en el TRIFE ni en las Cámaras ni en la calle.
No es de ahí. Se le puede reclamar con toda razón todo esto: es un autócrata, extremista, iluminado, una amenaza. Pero no se le puede elevar reproche alguno por haber simulado su vocación democrática o por haber disimulado su vocación insurreccional: ha jugado contra las reglas pero con las cartas en la mesa.
Chávez hace exactamente lo mismo: ha dicho por lo menos desde 2002, el golpe fallido en su contra, y en todo caso, desde el paro petrolero fracasado en enero de 2003, que no piensa respetar las reglas del juego internas o regionales para realizar sus sueños del socialismo del siglo XXI para Venezuela como para toda América Latina. Ha dicho lo que iba a hacer y ha hecho lo que dijo.
Anunció que se proponía extender su revolución bolivariana, y luego, el socialismo del siglo XXI a todos los países de América Latina donde pudiera hacerlo; ha utilizado su inmenso caudal de petrodólares para financiar oposiciones y gobiernos en México, Nicaragua, El Salvador, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia y hasta en Brasil con el MST. Algunas de estas ayudas han sido productivas; otras no han servido, pero la intención es la misma. Alega, con algo de razón, que si Washington ha intervenido en la región por lo menos desde 1836, no existe ningún motivo por el cual él no pueda ni deba hacerlo. Advirtió que nacionalizaría empresas extranjeras que exportaran de más, desabastecieran, obtuvieran ganancias excesivas o controlaran sectores estratégicos. Al principio aceptó indemnizarlas adecuadamente, pero ya ahora reveló que va a proceder de modo más riguroso. Todo esto ha sucedido: nacionalizó a Cantv, Electricidad de Caracas, Sidor, las petroleras del Orinoco, Cemex y más lo que se acumule en los próximos meses (Bimbo, Femsa, Polar, Maseca, etcétera.).
El dilema para el Gobierno de México con AMLO y para todos los gobiernos latinoamericanos con Chávez yace justamente en esta violenta asimetría. Chávez y AMLO rechazan las reglas democráticas internas y de convivencia internacional. Sus adversarios o interlocutores siguen respetando esas reglas. En la OEA o en cualquier otra cumbre, Calderón, Uribe, Lula o Bachelet, a menos de que se reaparezca el Rey de España, van a hacer mutis frente a las majaderías, improperios e irreverencias de Chávez. Y sobre todo, es improbable que a pesar del cúmulo de pruebas cuya validez se corroborará en los próximos días por la Interpol, extraídas de las computadoras de Raúl Reyes, busquen, por fin, ponerle un alto a las acciones heterodoxas de Chávez. ¿Cómo jugar tenis cuando el contrario juega fútbol americano? ¿Cómo respetar reglas que el adversario desprecia y rechaza? ¿Cómo encontrar una fórmula que, sin hacer propios los excesos del interlocutor, tampoco se le haga el caldo gordo? En una palabra, ¿qué puede hacer Calderón en México y los gobiernos democráticos de América Latina frente a AMLO y Chávez sin caer en sus garlitos ni volverse como ellos? No tengo una respuesta.
*Ex Secretario de Relaciones Exteriores de México
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