Mucho de lo que sentimos y entendemos sobre la sexualidad, las relaciones humanas y la vida, nos ha sido impuesto a través de las instituciones como un saber universal incuestionable. Nuestras ideas y valores han sido socialmente construidos con el fin de perpetuar un orden decadente y destructivo, basado en las desigualdades y la discriminación, que nos está conduciendo en masa hacia el abismo.
Con dificultad hemos ido desbrozando tanta falsedad y prejuicios para poner al descubierto la otra cara de la realidad, la que muestra la perspectiva de las mujeres como personas humanas.
El largo recorrido que hemos tenido que dar para revelar las inequidades, el esfuerzo invertido en acuñar nuestros propios términos y el atrevimiento de poner en práctica nuestros principios, ha permitido a las jóvenes de hoy cuestionar las enseñanzas y los roles asignados. La posibilidad de elegir y decidir es un regalo que heredaron de quienes han luchado por instruirnos y darnos elementos para enfrentar las imposiciones que las mujeres sumisas debían acatar.
La orden bíblica de la multiplicación ha sido causante de las muertes de millones de mujeres e infantes. La infelicidad, la pobreza y las enfermedades que esa maternidad forzada ha provocado son de los costos más terribles del dogma católico. Condenar a las mujeres como “seres para la reproducción” fue la trampa más grande para oprimirlas, al quitarles su derecho a decidir sobre sus cuerpos y sus destinos. Sobre esa base se han sostenido los abusos e injusticias en su contra, como la violencia ejercida por hombres que se sienten superiores.
Concebir la maternidad como un poder femenino ha sido recurrente en distintas culturas y a lo largo del tiempo. Ahora, ese atributo está asumiendo otras posibilidades y formas. Los úteros artificiales, las fecundaciones in vitro, la leche en polvo y la manipulación de células, entre otros experimentos, están introduciendo cambios que aún no sabemos qué efectos puedan provocar.
Es cierto que la maternidad es un cambio de vida que afecta, para empezar, nuestra biología, implicada toda en ese proceso de gestación y sustento; nuestro tiempo, dedicado casi de lleno a la crianza; nuestras emociones, nuestra economía y relaciones sociales. Es tan grande y abarcadora la demanda, que las expertas nos advierten sobre todo lo que significa, haciendo énfasis en que es un compromiso de por vida. Es tan fuerte el mandato de ser madres, que elegir no tener hijos se vuelve casi un estigma.
Cuando las mujeres cobran conciencia de sí mismas como humanas, pueden liberarse de esos yugos que han calado hasta las profundidades de la psique humana. Cuestionar, criticar o dejar de creer son actitudes inteligentes de independencia que conducen a tener vida y pensamientos propios. La emancipación de todo lo que nos oprime supone mucho esfuerzo, tenacidad y valor, pero da como resultado el goce de asumirse como personas íntegras, sin depender de un esposo, de una función reproductiva o de instituciones que nos digan qué hacer.
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