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Hay que andarse con tiento por la estrechez. Y este año con su alza a combustibles y derivados, la inflación de precios y la escasez mundial de granos básicos, se pinta angosto, sin duda. La semana pasada nos dio una muestra del paroxismo en que nos sume el mero vaticinio de la carestía. Las gentes embistiéndose para adelantar a otros en las largas filas frente a las bombas de gasolina, zarandeando el auto para empachar el tanque y aún almacenando combustible en tambos, empeñados como idiotas en hacer cumplir, y a prisa, el oráculo del desabastecimiento. Alertados los mecanismos del temor vamos en un tris de la desidia a la previsión, y del dispendio al ahorro, pero también de la sensatez a la especulación, del sosiego a la angustia, del solidarismo al acaparamiento, de la fluidez al estreñimiento. No solo el dinero circula menos en época de crisis, también los gestos altruistas se coagulan bajo amenaza. ¿Quién está en tiempos difíciles para andar por ahí prodigando cortesías? Eso es lo primero que se escatima. Ante la amenaza al estilo de vida en que nos hemos acomodado tendemos a poner distancia entre nosotros y nuestros congéneres (vueltos competidores). Nuestro piloto automático enciende la función evolutiva del autoengaño que se encarga de empaquetar con una justificación lógica y hasta moral todas las pequeñas mezquindades con que quisiéramos garantizar nuestro bienestar por encima del de cualquiera. Las mentirillas que nos contamos nos encallan sin remedio en las arenas de la autocomplacencia. Y caemos en una trampa de la que es difícil salir una vez entrada en ella. Así que por las angosturas que se avecinan o no, vaya con los ojos bien abiertos. Que no para prever nuevas y posibles amenazas –alzas, carestías, escasez– sino para vigilar bien ese gen egoísta que en su ciego afán por autopreservarse puede destruir la poca fibra social que nos permite vivir como deseamos hacerlo. Como decía Chespirito, que no panda el cúnico. |
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