Hemos ya dicho en otras ocasiones que la amnistía es una institución cruel para las víctimas ya que implica la imposibilidad de que puedan perseguirse los delitos pero que puede ser, a veces, necesaria, tal y como ocurriera con la contenida en la Ley de Reconciliación Nacional, una amnistía que las autoridades consideraron necesaria para que fuese posible la firma de la paz.
La amnistía, una institución cruel para las víctimas, la no persecución de los delitos contra ellas perpetrados, pero –por el contrario– alentadora para aquellos que hayan delinquido, abriendo para ellos la posibilidad, incluso, de empezar de nuevo.
El grave peligro es que la amnistía no se entienda. Que no se la valore en lo que cuesta, en lo que constituye su crueldad para las víctimas y que –antes bien– se convierta en un aliciente para el delito.
Para que, alentados por esa falta de castigo, se siga delinquiendo.
Se impone la reflexión nacional sobre la amnistía y sobre la gravedad y la infamia de todos los crímenes que fueron perpetrados.
José Manuel Prado Abularach, quien se identifica con cédula de vecindad número de orden A guión uno y registro doscientos ochenta y cinco mil setecientos, nos dice: “Todos los responsables de decenas de miles de crímenes no han sido juzgados ni castigados en Guatemala y por eso reina la impunidad”.
Pienso que el alcance de esta afirmación trasciende a los propios crímenes que se hayan perpetrado en el conflicto y que se refiere incluso a los actuales ya que el no castigo de aquellos dejó establecida la cultura que alienta los crímenes futuros. El mensaje es claro, ¿si ni si quiera se castigaron aquellos crímenes atroces, por qué habría de castigarse cualquier otro? Si ineficiente y hasta indolente el Estado con aquellos, ¿por qué no con estos?
Las autoridades del Estado tuvieron la gravísima irresponsabilidad de no asumir la amnistía con la gravedad que era preciso. No supieron explicar su ingratitud, pero, a la vez, la necesidad de concederla. No supieron compartir con todos esa decisión trascendental en nuestra historia.
Yo pienso que mucha de la violencia que hoy vivimos tiene su punto de partida desde entonces. Las razones pueden ser distintas, pero el irrespeto por la vida sigue siendo el mismo y por eso es que creo que son muchas cosas que tienen que explicarse. ¿Por qué no empezar entonces por el principio? Por la amnistía, por ejemplo.
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