Ya lo he contado en algún acto público. Fui al consultorio de un profesional, hijo de ex guerrillero, lo que se puede decir un privilegiado de la Revolución porque pudo estudiar en diferentes universidades de la órbita soviética. Hoy tiene éxito en Guatemala, con una oficina propia con vista a las montañas, clientela que aguarda turno para obtener una cita, un hogar, hijos, y en fin una vida próspera. No habían pasado 15 minutos de conversación cuando me espetó con amargura, palabras más, palabras menos “¿para qué sirvió esa guerra? El pushito de democracia que conseguimos, se habría logrado de cualquier forma con el tiempo y la presión externa, sin tener que pasar por todos esos muertos y todo ese dolor”.
Y uno puede entender su rechazo. Dejó a su madre enterrada en otro país. Sus hermanos están dispersos por el mundo. Su arraigo en Guatemala es menor seguramente del de cualquiera de quienes crecimos aquí. Su cuestionamiento es válido, aunque la generación que libró la guerra, sobre todo quienes participaron en el esfuerzo guerrillero –¿debo llamarle, revolucionario?–, se irritan ante el comentario. Lo llaman derrotista o por lo menos responden con alguna carga de desprecio. Su respuesta parece más bien emocional. También se puede comprender su actitud. ¿Cómo invalidar el esfuerzo más osado, más vital de su existencia? Luchar en pos de la utopía y contra un enemigo salvaje, atenido a ningún escrúpulo con tal de ganar la guerra. Y la ganó. Y los acuerdos de paz con los cuales se signó el final de la batalla fueron no solo vacuos en el sentido que han sido irrespetados por todas las partes, sino además inútiles para dar respuesta a las causas que originaron la lucha.
Peor aún, la ex guerrilla no se preocupó de vigilar su cumplimiento, en una aceptación tácita de que aquello era más bien una especie de ocasión para salir con buen pie de la derrota.
Pero el asunto no merece discusión. Años atrás, en Querétaro, el comandante Rolando Morán me respondió ofuscado la pregunta que da título a esta columna: “¿Acaso cree que el pueblo de Guatemala es tan cobarde que no iba a levantarse ante la opresión?”. No sé si las víctimas del conflicto estarían satisfechas de haber dado su vida por lo que se logró. Pero casi estoy seguro que quienes fueron arrastrados a la guerra por sus padres escuchan con frecuencia el martilleo terco de esta pregunta en su cabeza ¿valió la pena la guerra, el exilio, las desapariciones forzadas, la muerte, para lograr la escasa democracia que hoy nos gobierna?
Acaso sea un asunto generacional. Y como tal, de manera firme, casi autoritaria, la generación que blandió la espada dirá que fue absolutamente necesario, que no hubo alternativa. Las muertes de Manuel Colom y Alberto Fuentes Mohr les respaldan. Y de manera tímida, en pocos casos quizá con alguna insolencia, la generación que fue sometida a los vaivenes del miedo, del desarraigo, de la clandestinidad sin poder emitir opinión al respecto, se seguirá –me seguiré– preguntando por años si ese era nuestro único destino. Peor aún, por qué nos conformamos con tan poco a cambio de tanta pena.
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