Guatemala es un país en donde se socava y lesiona la moral tributaria de los contribuyentes. No en balde la gente piensa que llegar a un puesto público es sinónimo de hacerse rico. La reforma constitucional de 1994 puso a fin a los “gastos confidenciales”, con lo que se creyó ingenuamente que se había avanzado en materia de transparencia y de combate contra la corrupción. Sin embargo, surgió el “gasto discrecional”, ejecutado a través de fondos sociales, fideicomisos y convenios de administración de fondos públicos con las ONG y organismos internacionales.
Resulta ahora que los “gastos discrecionales” (sin fiscalización, publicidad ni rendición de cuentas) han sido multimillonarios durante los últimos 20 años de vida democrática. Miles de millones de quetzales se han derrochado sin ningún control ni regulación y, por supuesto, la corrupción campea impunemente.
Pero lo más grave de todo es que los miles de millones de quetzales que se han destinado a gasto social (inversión social) no han tenido un impacto real y determinante en la reducción de la pobreza.
Es más, el impacto ha sido cero en desarrollo humano, según informes de los mismos organismos internacionales que siempre están recomendando que el Estado decrete más impuestos, pero sin reparar en la falta de transparencia.
Tampoco una mayor recaudación tributaria ha redundado en instituciones estatales más fuertes y eficaces. Por el contrario, vemos con desánimo y frustración cómo se ha venido deteriorando servicios públicos esenciales como la seguridad y la justicia.
Sin embargo, el Gobierno siempre se queja de que no le alcanza para nada, de que la recaudación tributaria es insuficiente y de que los guatemaltecos no pagan impuestos. Eso sí, la burocracia aumenta ilimitadamente, no mejoran los servicios públicos y siguen operando viento en popa los fondos sociales, los fideicomisos públicos y los bolsones de gasto público discrecional en general, no susceptibles de control, acceso a la información y rendición de cuentas. ¡Qué tal!
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