No dejan de ser poco realistas los ofrecimientos de los 100 días.
Jacques Seidner
Lo que suele denominarse gobierno es un concierto de poderes, los cuales, dedicados a actividades distintas, trabajan en conjunto en un proyecto común y total. El mérito de un gobierno es cumplir tal finalidad. Una maquinaria vale por su efecto práctico. Lo importante no es que el proyecto se vea bien en papel, sino que su aplicación obtenga los resultados deseados. Por mucho que los teóricos demuestren que el plan propuesto es bello y equilibrado, lo que se requiere es poner en práctica un utensilio que permita resultados eficaces. Y para que este mecanismo funcione son necesarias dos condiciones primordiales. La primera, que los poderes públicos se coordinen entre sí; en segundo lugar, que las decisiones sean acatadas por las instancias subalternas, pero también aceptadas por los ciudadanos que deberán estar convencidos de la oportunidad de las decisiones gubernamentales propuestas. Sin esas dos condiciones, un gobierno se expondrá a una total ingobernabilidad. Dependerá por consiguiente de la habilidad de maniobra y la buena fortuna de los dirigentes para lograr lo apuntado, y darle así a la ciudadanía resultados positivos dentro de un tiempo adecuado según el asunto que se trate, considerando a la vez las limitaciones que siempre prevalecen por su naturaleza en el quehacer público.
En base a tal razonamiento, no dejan de ser poco realistas los ofrecimientos de los Cien Dias, fórmula utilizada por tantos gobiernos primerizos con fines únicamente electorales al ofrecer durante la campaña lo irrealizable y dándole al votante expectativas exageradas a sabiendas de que no serán realizadas por ser tan corto el lapso para cumplir con tantos y tan específicos compromisos.
En todo caso, los candidatos presidenciales, todos más o menos demagogos por ser ese el estilo imperante hoy en el mundo político-electoral moderno, se olvidan –o ignoran– que los cien días únicos y documentados de la Historia Universal son aquellos del último período de la saga napoleónica que se terminó de forma catastrófica para el Emperador –y para Francia– en la planicie cenagosa de Waterloo en 1815… Como se ve, los cien días están lejos de ser garantía de éxito, pero más bien de lo contrario. Claro que para los ingleses de Wellington la lectura de tal evento histórico debiera de ser diferente…
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