Muy preocupante es el reaparecimiento de actos de linchamiento popular de supuestos delincuentes ocurridos esta semana en Chimaltenango y Sololá, donde grupos de vecinos, desesperados por la incontenible violencia que está afectando a todo el país, quemaron y vapulearon a presuntos asaltantes, dando muerte a dos.
Es monstruoso que la población retroceda siglos y descienda hasta el primitivismo, al aplicar ejecuciones extrajudiciales a los sospechosos de cometer robos y asaltos. En primer lugar, únicamente los tribunales de justicia tienen la facultad legal de juzgar y condenar a un delincuente. Y, esencialmente, el castigo debe guardar proporción con el delito cometido. La pena debe corresponder al daño causado.
Lamentablemente, los supuestos justicieros terminan cometiendo un delito más grave que el que buscaban castigar. Al ejecutar a los acusados, se convierten en asesinos. ¿Hasta cuándo van a seguir permitiendo las autoridades gubernativas que se sigan perpetrando estos injustificables ajusticiamientos, que convierten a Guatemala en un país de salvajes?
Este peligroso fenómeno social, según voces de la opinión pública, demostraría que sectores de la población se encuentran hartos y desesperados ante la ineptitud policíaca y la deficiente aplicación de la Ley, por lo que incensatamente han optado por hacer justicia con su propia mano, para castigar a delincuentes que creen son una amenaza para sus comunidades. Se ha dicho que el proceso de paz condujo a un repliegue de las fuerzas de seguridad, y que ello originó en las poblaciones del interior un peligroso vacío de poder aprovechado por los maleantes.
Es una verdadera tragedia que los guatemaltecos estemos atrapados en el primitivismo penal que caracterizó a las tribus del antiguo Oriente. La pedrea, el garrote vil, la quema pública fueron los castigos de aquella lejana época, con la diferencia de que estos eran aplicados después de un juicio y una condena. Y ahora se suma a semejantes arbitrariedades la ejecución de personas, sin haber sido juzgadas ni condenadas, lo cual solamente puede ser el preludio de males mayores.
Las enardecidas turbas que apedrean, queman o dan muerte a supuestos delincuentes están rompiendo, peligrosamente, las reglas del juego de la convivencia civilizada en Guatemala, además de que estas muchedumbres enloquecidas corren el riego de victimar a un inocente.
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