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Guatemala, domingo 18 de mayo de 2008

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elAcordeón:

Los desaparecidos

En este breve relato, de frases mínimas pero concluyentes, Laurel Reuter describió un proceso de acumulación de angustias, ‘in crescendo’.

Rosina Cazali

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Ampliar imágen EP Foto:  Archivo Guagnini,N. Straight
Del 24 de mayo al 20 de julio, el Centro de Formación de la Cooperación Española presenta “Los Desaparecidos”, una muestra que reúne el trabajo de 25 artistas latinoamericanos a partir del tema de las desapariciones forzadas a lo largo de los últimos 30 años. La exposición da cuenta de cómo se mantiene vigente la mirada del artista sobre las distintas formas de violencia y su necesidad de responder a través del acto creativo.

“La cena se quemó. María no llegó a casa. Acostaron a los niños. Pasan las horas, los días, los años y no aparece su cuerpo. De María no se sabe nada. Es posible que ya esté muerta. Se la han llevado”.
En este breve relato, de frases mínimas pero concluyentes, Laurel Reuter describió un proceso de acumulación de angustias, ‘in crescendo’. La imposibilidad de la certeza resume todo aquello que sucede con la desaparición de una persona y la instauración de la experiencia en la cotidianidad de su familia, de su círculo de amigos o colegas. Es el resultado de la puesta en práctica de una de las armas más crueles que se han utilizado en la historia de la humanidad: las desapariciones forzadas. En Guatemala, según la Comisión de Esclarecimiento Histórico, la desaparición forzada fue una práctica sistemática que correspondió en la casi totalidad de los casos a operaciones de inteligencia militar. Su finalidad pretendía, por un lado, desarticular los movimientos y organizaciones que el Estado identificaba como proclives a la insurgencia y, por otro, sembrar el terror en la población civil. Las desapariciones llegaron como una práctica anticomunista que pasó a ser una estrategia contrainsurgente, un sistema al alcance de quienes estaban en el poder y que se ejerció sobre la sociedad civil, pues tomaba a las personas que habían comenzado a comportarse como sujetos para convertirlos otra vez en objetos mudos y neutros.

“Noche y niebla”, según Richard Wagner
La construcción de la figura de las desapariciones inició en la Alemania nazi, donde se aceptó la aplicación del Decreto ‘Noche y Niebla’ o Decreto ‘Nacht und Nebel’, llamado así a partir del título de una obra de Richard Wagner. Este decreto estipulaba los oficios y justificaciones para que no se conservase testimonio o registro de los hechos y sus circunstancias. Desde entonces, el método de desaparecer a una persona generó una doble función: ejemplificar lo que puede suceder a un individuo si decide estar en contra del autoritarismo e instalar de manera efectiva el terror en las mentes, como ‘shocks’ eléctricos que se detonan de vez en cuando para mantener activo el miedo colectivo, diría Naomi Klein. El Decreto ‘Noche y Niebla’, además, durante la Segunda Guerra Mundial, fungió como estrategia específica para eliminar a los oponentes políticos y miembros de la resistencia que se encontraban en los territorios ocupados. La desaparición era la suma entre autoridad y violaciones en contra de los derechos de los prisioneros de guerra, todos protegidos por la Convención de Ginebra. El documento fue firmado por el mariscal Wilhelm Kietel en 1941 para establecer las instrucciones precisas de aplicación del Decreto. “La entrega del cuerpo para su entierro en su lugar de origen, no es aconsejable, porque el lugar del entierro podrá ser utilizado para manifestaciones”, era una de éstas.
El paroxismo llegó a su cúspide con la aplicación del Decreto en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, como tácticas de opresión hacia la Resistencia francesa contra el nazismo. Sin embargo, años más tarde, su uso resultó un acto cínico e inexplicable al ser adoptadas y replicadas por especialistas franceses durante la guerra contra Argelia. Tal experiencia fue, además, la base para formular la teoría de los operativos contrainsurgentes en América Latina utilizados por los gobiernos de turno y aprobados por la CIA. El escritor Pierre Abramovici, en 2001, describió una escena significativa para la historia de nuestros países y que, además de ser cierta, podría tomarse como inspiración de una película de fondo histórico y matices escalofriantes. Abramovici escribió: “El pasado 21 de mayo, en la oficina del juez de instrucción parisino Roger Leloire se encontraba un ‘invitado’ reconocido y súbitamente célebre: el general Paul Aussaresses. Sus recientes revelaciones sobre las prácticas de tortura que aplicara en Argelia están todavía frescas. Pero no fue para referirse a eso que lo convocó el juez Leloire. Para estupefacción del viejo oficial, la pregunta del juez estaba referida al papel que los militares franceses en general, y el suyo en particular, desempeñaron en la formación de quienes más tarde serían los dictadores y torturadores argentinos. Un asunto enterrado, olvidado, ultra secreto. Los especialistas franceses de la ‘guerra psicológica’, de regreso de Argelia, pusieron sus siniestros talentos al servicio de las peores dictaduras sudamericanas”. Relata Abramovici: “el juez Leloire no siente la menor inquietud. El general va a contarle todo, a decirle cuál fue su papel en América Latina en esa época”.
En su evolución histórica, la figura de la desaparición fue un verbo transformado en sustantivo. Para nuestro contexto sugiere la evasión de los hechos contenidos en el período convulso que América Latina vivió en la segunda mitad del siglo XX. Las desapariciones forzadas llegaron a formar parte de una estrategia que implicaba sustraer, con distintos métodos de represión, a personas visibles o comunes, que no dejaban rastro de su paradero y que nunca más volvían a ser vistas. En la ausencia del martirio de la víctima aquellos que quedaban atrás les era prohibido el ritual del último duelo. La incógnita, el miedo y la zozobra eran las únicas estelas visibles y la desaparición se constituyó como una forma de censura de la memoria.
Con el paso de los años, cada uno de los regímenes se encontró con todo tipo de dificultades (la derrota militar, los desastres financieros, el desarreglo institucional) e inició su retirada cuidadosa de la escena política. De manera invariable, se han obsequiado a sí mismos amnistías, protegiendo aún más a sus oficiales de ser enjuiciados por cualquiera de las atrocidades en las que constantemente han negado su participación.

Los Desaparecidos: arte y política
La serie de grabados de Francisco de Goya, ‘Los desastres de la guerra’, son un buen ejemplo del por qué el arte, en la historia de la humanidad, ha jugado un papel de presencia, reflexión y señalamiento para movilizar la conciencia del espectador. Y la exposición llamada ‘Los Desaparecidos’, organizada por el North Dakota Museum of Art y curada por su directora, Laurel Reuter, nos da cuenta de cómo se mantiene vigente la mirada del artista sobre las distintas formas de violencia y su necesidad de responder a través del acto creativo. Sin embargo, es esta una muestra de cómo el arte se ha alejada de la literalidad de los muralistas mexicanos. Es una colección de obras elaboradas sin la condición del activismo, a pesar que algunos de los artistas participen en asociaciones y movimientos reivindicativos. Si en décadas pasadas sólo era político aquello que provenía de las voces partidistas, acuñadas con consignas, esta exposición define que lo político se ha extendido hacia otros territorios, más íntimos, menos ruidosos y sin intenciones de erigirse como monumento.
‘Los Desaparecidos’ reúne las obras de 25 artistas latinoamericanos bien conocidos. Sus trabajos reflejan aspectos de la violencia durante los regímenes instaurados en sus países de origen: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Venezuela, Uruguay, Guatemala… y ahí inicia todo, o explica el por qué de su presencia en nuestro país. La idea de su conformación surgió a partir de un artículo del escritor Lawrence Weschler, publicado en la revista ‘The New Yorker’. El mismo reveló al público norteamericano -irónicamente el último en enterarse- la realidad sobre los desaparecidos en Latinoamérica. Estos textos fueron el canal para encontrarse frente a frente con la historia del tema y con artistas que desde hacía mucho tiempo estaban creando obras elocuentes sobre las estelas dejadas por las distintas formas de violencia practicadas en estos países. También el principio para organizar una exposición que inspira, conmueve y hace pensar.
Cildo Meireles, Luis Camnítzer, Ana Tiscornia, Nicolás Guagnini, Antonio Frasconi, Marcelo Brodsky, Fernando Traverso, Sara Maneiro, Iván Navarro, Arturo Duclós, Nelson Leirner, Luis González Palma, Juan Manuel Echavarría, Oscar Muñoz y un colectivo de artistas argentinos bajo el nombre Identidad, son los artistas que integran esta exposición. En el recorrido de sus obras se abordan narraciones que permiten entrar a la parte abstracta del problema. Si las desapariciones forzadas han sido el crimen perfecto, invisible y silencioso, los trabajos incluidos en esta exposición trasladan al espectador hacia la comprensión de los efectos que han cobrado sobre nuestras culturas, nuestras historias y psicologías a través de creaciones que visitan cada esquina de los hechos, desde el ámbito de la evocación, la ensoñación, el subconsciente. Si las desapariciones forzadas han sido hechos violentos, muy concretos, esta exposición se sustenta en la capacidad humana para pensar los motivos y nombrarlos, ponerle palabras a lo que antes era innombrable.
James Joyce, en su ‘Ulises’, comparaba a la Historia como una pesadilla de la cual estaba tratando de despertar. A través de su arte, dice Laurel Reuter, estos artistas establecen formas para luchar contra la amnesia. En estas sociedades, el reto es encontrar una forma de reclamar a sus muertos y, ante la ignominia del pasado, el arte de hoy conmueve y aporta un espacio donde la sociedad puede reconocerse a sí misma. Ahí encuentra la manera de despertar de la pesadilla, de recuperar el humanismo en desventaja. Este esfuerzo, desde el arte, implica la búsqueda de formas para despejar los caminos, para que un día María pueda volver a casa. Ese es el mayor anhelo de ‘Los Desaparecidos’.
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4 comentarios:

  1. Edward Posadas: (2008-05-24 02:53:35 horas)
    la escultura que esta en la fotografia me recuerda un reciente viaje a la republica Argentina, en esa oportunidad vicite un parque llamado la memoria donde habian muchas esculturas de ese tipo de varios escultores internacionales en cuyos paises hubo genocidio y cosas asi que le segaron la livertad y la vida a miles de personas, en esa oportunidad conoci igual al grupo de abulas y madres de la plaza de mayo a quienes pude exponerles la situacion que vivio Guatemala con 36 años de sangriento enfrentamiento de la guerrilla y el ejercito en contra del pueblo, les cite datos y los efectos que hasta ahora se sufren y fue mayuzculo el asombro de ellas que en la actualidad de ese pais son las aguerridas luchadoras por la justicia de los desaparecidos y asecinados en las dictaduras. En fin es que aca en nuestro pais debemos de hacer cosas minimas y grandes quiza pero con el objetivo de que no muera el recuerdo de esos miles de chapines que murieron injustamente.
  2. Angel Veliz: (2008-05-23 02:59:53 horas)
    Hace unos dias buscando cosas de "Guate" como le decimos a nuestra Guatemala en el extranjero . E ncontre en "YOUTUBE" a un oficial Lima dando un discurso de como el Ejercito y el"pueblo"decidieron defender Guatemala. Un discurso lleno de euforia con un orgullo tan grande de pertenecer a una "institucion tan especial. Me di cuenta que no fue ni nada mas y ni nada menos que el coronel Lima. El mismo que esta preso por asesinar a Monsenor Gerardi......Me pregunto yo si este gorila asesino a un personaje tan importante...Cuantos desaparecidos seran responsabilidad suya si en ese tiempo los gorilas sentian que Guatemala les pertenecia? Hay algunos desaparecidos que muy probablemente esten muertos....y a nosotros los "desaparecidos" de nuestra Guate para no desaparecer de la faz de la tierra? Quien nos recuerda?
  3. Marylena Bustamante: (2008-05-22 15:53:18 horas)
    Así como esperan a María también esperamos a Emil Bustamante, se sueña con que un día toque la puerta y sea él con 26 años de más. Iba a cumplir 33 cuando fue detenido por un retén militar, lo vieron vivo el 23 de marzo de 1982 en el cuartel General de Matamoros, en la ciudad capital, ese día en el General y sus subalternos, los jovenes asesinos, militares todos, perpetrarón golpe de estado, entrando así a una carniceria solo comparada con la conquista.

    No solo desaparecieron a miles, sino quemaron aldeas completas llenas de seres humanos, mujeres, hombres, ancianos niños y niñas fueron asesinados a mansalva. No tenían el valor de enfrentar a la guerrila, asi que cobardamente mataron a la población civil desarmada que según ellos proveían a los guerrilleros. Ellos lo saben, la mayoría están vivos, conocen, dónde, cuando, cómo quedaron todos esos hombres y mujeres que ellos impunemente violando todos los derechos humanos los desaparecieron.

    Pero se dan cuenta que no morirán en paz, mientras haya una voz, un pincel, un escritor, un escultor, un fotografo que señale que esa práctica nunca más se debe repetir, porque es lo más perverso que hayan podido hacer esos mal llamados hombres en contra de hombres y mujeres que soñaron y lucharon por un mundo sin hambre.

    Hoy yo agradezco a todos los artistas que no son complices del silencio y de la impunidad, y se atreven a revelar, no solo lo que ocurrió en Guatemala, sino en muchas partes del mundo, la MALDITA DESAPARICIÓN FORZADA.

    Gracias por no dejarnos solos a los luchamos con todo el derecho que nos asiste a saber dónde están nuestros seres queridos, en Guatemala, son 45,000,
  4. Javier Benavente: (2008-05-22 13:02:44 horas)
    Siempre es importante dar el lugar a aquellos que fueron asesinados en alas de la libertad por un ejercito al servicio de unos generales hambrientos de sangre. Pero aun seria mas importante juzgar a los culpables. Justicia para avanzar en democracia
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