I’m a barbie girl in a barbie world, life in plastic it´s fantastic, retumba en una de las sedes globalizadas para el consumo de la cultura yanqui: Hooters de la calzada Roosevelt.
Oficinistas. Contadores. Trabajadores de Tikal Futura. Receptores-pagadores de banco, ciudadanos coreano-guatemaltecos y demás público de las inmediaciones se dan cita noche a noche en esta franquicia emblemática cuya consigna es: eres lo que consumes.
“Buenas noches, mi nombra es Olga; bienvenidos a Hooters, será un gusto atenderles esta noche”, dice una chica con estilo poco chapín, ofreciendo el menú de alitas, exhibiendo las pechugas y ocultando su desesperación detrás de una sonrisa falsa.
Otro espacio exquisito y refinado de la posmodernidad: hamburguesas, televisión, ESPN, mujeres, tabaco y cerveza. Mercancías enlatadas para un consumidor que no quiere saber qué y quién es, para un usuario que no quiere pensar; tan sólo ver tele y desear, como perro callejero y hambriento, a mujeres víctimas de la respetable y honorable ética del mercado.
Bueno que existan este tipo de lugares, si los chapines nos resistiéremos un poco a la cultura del consumo, si tuviéramos un proyecto de nación, un tejido social contra la imposición de esa forma capitalista de ver el mundo: eres lo que consumes. A más consumo, más soy.
¿Ser o tener? ¿Cómo pretender ser en una sociedad que te obliga a tener? ¿Quién es más libre: quien se deja adiestrar por el mercado y se idiotiza frente a las pantallas y la música a todo volumen y a las chicas instrumentalizadas por el mercado con mínimas prendas de vestir, o quien tiene capacidad de pensarse a sí mismo y al mundo que le rodea? La televisión y el consumo de imágenes, signos y objetos nos hace seres no pensantes. No reflexivos. Viva la globalización.
Que venga inversión extranjera, muy bien. Que los chapines consumamos esta mercancía enlatada sin ningún empacho, muy mal.
El consumo me consume. Es paradójico que, en un páisito con crisis de seguridad alimentaria, merecedor de galardones si hubiera concurso a la desnutrición, una de las promociones en Hooters sea la de “All you can eat”.
Aquí la gente no viene a conversar, ni a verse de frente; viene a consumir una imagen, una idea, una chica que les atiende y les llena la jarra de cerveza y les enciende el cigarrillo para obtener más propina.
Se consume imágenes, símbolos, personas y objetos, la función de los símbolos es satisfacer los deseos y ambiciones personales. Aquí todos somos títeres del mercado: quién ofrece su cuerpo como una imagen a consumir y quien cree tener necesidad de consumir aquella imagen. Las reglas de nuestros deseos e imaginarios también son pautadas por el mercado.
Al preguntar a una mesera si le gusta su trabajo, dice: “No, pero con lo que gano a través de las propinas se compensa”.
El mercado nos impone deseos irracionales de consumir, de tener. Círculo vicioso que nunca se cierra porque la estrategia es crear en nosotros nuevas y falsas “necesidades”. Además del exceso de ruido, comida e imágenes, se venden también t-shirts, calendarios de chicas hooters, llaveros y demás artículos innecesarios.
Entran tres deportados: pantalón flojo, gorra, sudaderos con capuchón y tenis. Billetera a dólares.
Hablado chicano. Ellos no se reconocen en la música del lugar, hablan de los Tigres del Norte. Se reconocen en esa cultura de hamburguesas y coca cola.
¿Por qué los chapines no ponemos ninguna resistencia ante la ofensiva neoliberal, dejamos que la cultura del consumo rija nuestra ética, nuestra manera de estar en el mundo sin empacho alguno?
Propongo empezar a ser más y a tener menos. “Yo necesito poco y lo poco que necesito, lo necesito poco”. No es necesaria tanta porquería en nuestra vida. En cambio es necesario que aprendamos a ser felices, a ser chapines. A vernos a la cara. ¿Y qué tal si nos proponemos ser un poco más soberanos y libres?, de otra manera mientras el país se desangra, seguiremos contribuyendo a una sociedad plástica. Life in plastic is fantastic. Da igual, porque claro; el consumo os hará libres.
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