Cualquier vaticinio es aventurado. Distan diez fatigosos meses de campaña, para que los salvadoreños elijan su próximo presidente. Sin embargo, las encuestas subrayan una tendencia: Mauricio Funes, candidato del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), aventaja por dos dígitos a René Figueroa, nominado por la Alianza Republicana Nacionalista (Arena).
Será una disputa política recia. Arena es una maquina poderosa y bien organizada, aunque 20 años en el poder erosionan. Es un partido afincado en el aparato estatal con sus propios intereses. Ha ganado autonomía relativa de la cúpula empresarial que lo nutrió tantos años. Ahora hay críticas en voz alta –algunos las califican de aisladas- de empresarios grandes contra el presidente Antonio Saca. Pero el dato que no es aislado, sino producto de un proceso de partido, es que esta vez las estructuras de Arena nominaron a su candidato, a través de un ejercicio democrático interno; ya no fue una decisión solo de la cúpula empresarial.
Y el FMLN quiere hacer gobierno. Es también un partido grande, disciplinado, con cuadros muy capaces. Su voto duro es considerable (alrededor de 800 mil), pero insuficiente para ganar. La dirigencia lo sabe y propuso a un candidato independiente. Funes, un hombre progresista, es periodista de televisión, polémico y prestigioso. El FMLN supo leer el estado anímico de la gente.
Los estudios de opinión han indicado que el 80 por ciento de los salvadoreños quieren un cambio; claro, no cualquier cambio. El Salvador es un país abiertamente dividido entre izquierdas y derechas –sin lugar para terceras vías-, pero el pasado insurgente y las posiciones radicales u ortodoxas del FMLN despiertan miedos entre el electorado flotante, que es decisivo a la hora de votar. Son temores que Arena ha sabido explotar.
Funes conecta con ese electorado. Desde su nominación, en noviembre pasado, el FMLN comenzó a aventajar a Arena en intención de voto. Ha organizado un movimiento cívico (“los amigos de Mauricio”) y consultas sociales que amplían su base de apoyo. Está llevando, en el debate interno de programa de gobierno, a perfilar un FMLN reformista, que ofrece cambio con estabilidad. De ganar, no revertirá la dolarización ni el Cafta, pero sí empujará una reforma fiscal de fondo. Esta vez, en contraste con hace cuatro años, Washington luce tranquilo: “respetaremos y trabajaremos con quienes el pueblo elija”, ha dicho.
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