Una de las escenas más bellas de aquella película llamada Amélie, es cuando la protagonista se transforma en agua, cae y seguramente se va por alguna alcantarilla.
Por: Rosina Cazali/No lugar
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Una de las escenas más bellas de aquella película llamada Amélie, es cuando la protagonista se transforma en agua, cae y seguramente se va por alguna alcantarilla. Nunca había encontrado una imagen que me reconfortara tanto por nimio que parezca. Verse reflejada en ese fragmento de la película de Jean Pierre Jeunet, suena a aspiración transcendental. Pero los seres humanos como que necesitamos asideros, algo que nos explique cosas que hemos llevado ancladas en el alma por muchos años. Una de esas cosas fue la ausencia de mi padre. Murió en la esquina de mi casa. A manera de consuelo decían que era una especie de bendición el haberle visto y que no se lo hubieran llevado. Sin embargo, la certeza del cuerpo tirado a cambio de su ausencia era una especie de premio y absolución bastante dudosa. Solo después de haberme encontrado de frente con el tema de las desapariciones forzadas he logrado atar algunos cabos y porque esta sociedad tiene poca respuesta ante este tipo de crímenes. Es duro enfrentarse a las verdades. Es más fácil meterse en la dinámica de la reconstrucción de una sociedad bonita y alegre. Empresarios de todo tipo se han propuesto vendernos la idea de que aquí no ha pasado nada, aunque eso signifique prefabricarnos un presente artificial. Ese pasado es demasiado incómodo para nuestras aspiraciones de desarrollo. Es demasiado lleno de cadáveres y gente perdida por ahí. Dicen que la ausencia de alguien, su desaparición, es porque en algo estaría metido o que dejó a sus seres queridos en estados de abandono. Talvez por eso el castigo que la sociedad le aplica son el silencio y el desentendimiento. Estas visiones resumen la metarrepresentación de quienes se fueron dejando la radio encendida y de quienes nos quedamos cuidando que no se quemara la comida. Nuestra sociedad se ha escindido entre los que estamos aquí para defender lo indefendible y aquellos que nos dejaron solos. Por ello, lo de desaparecer, es un asunto que pareciera no tener cabida en nuestros pensamientos, como una fabulación de historias increíbles. Si mucho, los desaparecidos se reconocen como un puñado de gente con rostro de cédula de vecindad, con patillas años sesenta y demasiado jóvenes como para existir, o propios de la iconología de activistas trasnochados. Ahora solo queremos vivir con cosas que nos mantengan protegidos y en abundancia. Es más importante la vida de los vivos que la permanencia ilusorio y fantasmal. La certeza viene enlatada, con nombres extranjeros y de películas como Narnia. Por todo ello lo de sentirse como agua viene muy a cuento. Hay muchas personas que murieron en este país, otras desaparecieron. Ambas han sido resultado de lo mismo. Disculparán mi torpeza pero cuando lo entendí, cuando logré hacer esa unión, sentí el alivio de quien se desmorona, se va por la alcantarilla para reencontrarse con toda la verdad contenida en los ríos y los mares de este país. Es como de película. |
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