En el ámbito de la acción sociopolítica es recurrente y quizá inevitable el cálculo de lo que suma y de lo que divide. Todo y todos tienen que sumar; nada dividir. Todas y todos, se dice, debemos aunarnos en un proyecto común, si bien plural, en una acción conjunta, si bien diversa. Se dice fácil, quizás demasiado, porque fácil se pasa por alto que en ese decir podría decidirse de antemano un indeseable carácter homogéneo y virtualmente totalitario del proyecto y de la acción.
¿Quién puede negar que el desarrollo humano, el proyecto de nación, la solidaridad, la liberación y la equidad, no solo necesitan sino demandan sumar y multiplicar? Así se trate solamente de su dimensión discursivo-ideológica, estas luchas –porque luchas es lo que son– exigen una cierta visión compartida, un cierto sentido de misión común. ¿Quién, que se sume a ellas, puede querer dividir o restar, y no más bien multiplicar los esfuerzos y, sobre todo, los efectos?
Dada la amplitud y complejidad de los retos, ¿quién puede reclamar para sí la claridad total o la visión completa de la lucha o del proyecto, y de sus formas de concretizarse, de manera que pueda también calcular con toda certeza lo que suma y lo que resta, lo que multiplica y lo que divide? Ciertamente, “no todo lo que brilla es oro”, y habrá que cuidarse siempre de “sepulcros blanqueados”, de falsos profetas y falsas promesas… Pero, ¿debe ello implicar vivir en la sospecha constante y total (acaso totalitaria) de cuanto hacen y dicen quienes están a nuestro lado?
Se suele decir que hay mucho que podemos y debemos aprender recíprocamente, incluso de quienes no están de nuestro lado. Es en ese espíritu que, siendo consecuentes, se busca salir al encuentro y escuchar a quienes típicamente no se escucha, ni siquiera se ve. Pero a veces tampoco se ve y se escucha a quienes tenemos justo al lado o enfrente, ni se valora el potencial –aunque sea táctico, provisional, parcial– de sus posicionamientos, por la simple razón (en realidad no tan simple) de que presumimos saber ya todo lo que hay que saber acerca de su radicalidad, de su ingenuidad, de sus puestas en escena o en venta, de su esencialismo, de su racismo, de su clasismo, de su elitismo, de su victimismo, de su resentimiento, etcétera.
Y pareciera que en esas presunciones se desintegra la lucha y se pierde la guerra sin haber librado las batallas verdaderas con los enemigos verdaderos.
Agregar comentario:
1 comentarios: