Bruce Chatwin nació el 13 de mayo de 1940 en la Inglaterra sumida en plena guerra contra los nazis del Tercer Reich, exactamente tres días antes del famoso ataque simultáneo a Luxemburgo, Bélgica, los Países Bajos y Francia.
Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
Bruce Chatwin nació el 13 de mayo de 1940 en la Inglaterra sumida en plena guerra contra los nazis del Tercer Reich, exactamente tres días antes del famoso ataque simultáneo a Luxemburgo, Bélgica, los Países Bajos y Francia. La noticia le habrá llegado como hiel entre la leche materna. El futuro escritor creció entre sirenas alarmantes de los bombardeos y el temor a la inminente invasión alemana. Un tormento que habrá influido en Chatwin como en el resto de su generación de artistas de habla inglesa, nacidos el mismo año, como el cantante John Lennon o el también escritor sudafricano J.M.Coetzee. La infancia les habrá sido difícil y extraña, materia fértil para la confusión y energía transformadora que los caracterizó.
En 1980 es asesinado Lennon, el autor de las letras más famosas del siglo, y aparecen dos libros fundamentales en lengua inglesa, El virrey de Ouida de Bruce Chatwin, y Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee. En la canción popular Lennon había llegado al final, cuando apenas arrancaban su carrera los grandes novelistas. Coetzee obtuvo el Premio Nobel en 2003, y Chatwin murió de sida en el 89, cuando ya se había convertido en autor de culto.
El virrey de Ouida es la primera novela del británico, que arrancó su carrera como experto de arte impresionista en la famosa empresa de subastas Sotheby’s, empresa que abandonó siendo director para empezar estudios en la Universidad de Edimburgo en arqueología, carrera que interrumpió temprano, iniciando una suerte de viajes por el mundo, hasta que a los 40 años, un escritor nacido en el 40, da a conocer su novela sobre un negrero brasileño que hizo fortuna en el tráfico de esclavos, y que al morir dejó cualquier cantidad de hijos, blancos y mulatos, que se reunían una vez al año para festejar su memoria.
Las influencias de Cien años de soledad y de los libros de Jorge Amado es obvia, pero lo interesante es la manera como puede variar un tema cuando es visto con los ojos de un intelectual siervo de la monarquía, educado en el elitista Marlborough College y la Universidad de Edimburgo. El lenguaje es preciso, el vocabulario infinito y el producto literario una demostración de lo que significa la buena educación. No hay rusticidad, ni descompostura, sino calidad, plasticidad en las imágenes y gozo literario. Veamos como ejemplo un párrafo: Una de las mujeres arrancó una pluma de ala de un pollo vivo y la revolvió dentro de su oído. –Lo hace para extraer la grasa humana– le informó un chiquillo al turista europeo, y el turista, que reunía informaciones de este tipo, le palmeó la cabeza y le dio un franco. Me gustan los blancos –ronroneó el crío–, porque me recompensan”. Un libro lleno de color, imágenes sorprendentes y fuerza, de un autor que vivió poco y murió de la enfermedad del siglo. No se lo pierdan.
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