Hasta hace dos semanas la preocupación de los agricultores de la costa sur era que no llovía.
Siguiendo las primeras señales de la temporada, habían preparado la tierra y sembraron, pero el cielo no se dio por enterado. Parecía un paisaje de Semana Santa, el azul luminoso arriba y el suelo ardiente quemando las semillas. Se instalaron los malos augurios y la desesperación por lo impredecible del cambio climático y otros malestares.
No solo el clima anda fuera de control. Los combustibles se dispararon a las nubes y con la matanza de pilotos los buses escasean. Por doquier hay recortes de plazas y pocas fuentes de empleo. El precio de los alimentos básicos, inalcanzable y el consumo a la baja, hasta lo mínimo. Del Norte tampoco llegan buenas noticias. Siguen las redadas y deportaciones masivas de inmigrantes, es decir, vecinos, familiares y amigos que inyectan plata en los hogares. Por un extraño doble efecto de la economía, la moneda local vale menos cada día, y, para quienes reciben remesas, el dólar compra menos quetzales.
En eso, súbitamente, penetró el diluvio. Inició la temporada de huracanes. Desde hace una semana no deja de llover. Parece una carrera de relevos de mal gusto entre dos degradas tormentas tropicales: Alma, que llegaba desde el Sur, y le entrega la estafeta a Arthur, que se asomó por el Norte. Los reportes son alarmantes, aunque por fortuna sin desgracias humanas. Inundaciones y fuertes vientos en Petén y Quiché; los ríos Paz, Salamá y Coyolate suben amenazadoramente sus niveles; derrumbes por tramos que suman 25 kilómetros de carretera en Jutiapa, también en Cantel, Sololá y Sipacapa; daños a infraestructura en Petapa; varias familias comienzan a acudir a los albergues en San Marcos, Escuintla y Quiché.
En esta crisis la agricultura era el recurso estratégico a trabajar. Producir alimentos es lo que mejor saben hacer los agricultores. Había que instalar una red de extensionistas agrícolas, facilitar insumos, incluyendo semillas mejoradas, y créditos blandos, mejorar la infraestructura y demás. Pero ahora quedamos ante un escenario de emergencia, pues cuando las tormentas y las ondas frías de esta semana finalmente pasen, los suelos habrán quedado saturados de humedad, tal como quedan en septiembre tras una temporada de cinco meses de lluvias. La situación nos pinta más complicada si se nos cierra el recurso estratégico de producir alimentos y empleo en el campo.
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