La escultura, como monumento, es una forma de arte agotada. El afán del ser humano por levantar monumentos se vio truncada en las últimas décadas.
Rosina Cazali/No lugar
La escultura, como monumento, es una forma de arte agotada. El afán del ser humano por levantar monumentos se vio truncada en las últimas décadas. ¿Qué sentido tiene seguir creando, levantar, erigir tanto tótem y cultos a la imagen y a la personalidad si los ideales que los sustentan son débiles?
Cualquier proyecto de construcción o de rescate de ciudades, comunidades, pueblos u otros conglomerados humanos, generalmente va acompañado con la necesidad de dotar de carácter a los lugares que han perdido dignidad. También existe la urgencia de decorar o minimizar el impacto negativo del abandono a través del remozamiento con fuentes o conjuntos monumentales de todo tipo. Cayeron el muro de Berlín y las Torres Gemelas y, aún así, las aguas del Danubio recibían hace poco una estatua gigante de Lenin, preparada para el rodaje de una coproducción brasileño–portuguesa–húngara en la que se va a recordar la transformación del panorama húngaro tras el comunismo. Xetulul recrea el Gran Jaguar y la fuente de Trevi a través de una módica producción escenográfica, hecha con prefabricados, cartón y polvo de mármol. Y en Budapest se creó el Parque Memento poco después de la caída del telón de acero, para situar ahí las esculturas y estatuas más importantes de la época y que hoy atraen a numerosos turistas. Sobre la avenida Reforma descansan una serie de esculturas que fueron producto de encargos. Algunas interesantes, otras no tanto. Todas, producto de caprichos o del genio de artistas que a veces funcionan como meros decoradores ocasionales, sujetos a presupuestos bajos y realizadores ajenos al mundo estético.
Triste paisaje, paisaje triste. Sobre Las Américas se despliega e impone toda una biografía de próceres dudosos sobre pedestales horripilantes; ¿o al final metafóricos? La fuente de la Municipalidad pasó de ostentar unas figuras lamentables, donadas por Bancafé, hacia unas manos tipo tetunte que celebran la Muni Paz. Pobres Goyri, Vásquez y Mena. Tan cerca de esa realidad y tan lejos de la continuidad de su proyecto de fusión de la arquitectura y el buen arte. Es como escupirles a la cara, a su talento y a su memoria. Pero aquí el poder económico y el mal gusto del director de orquesta es el que impone el canon, que generalmente se inclina hacia lo barato.
Definitivamente, las historias de nuestra escultura y la de otros paraísos lejanos se resume en la fábula de Augusto Monterroso: “En un lejano país existió hace muchos años una oveja negra. Fue fusilada. Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura”.
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2 comentarios:
byron lopez: (2009-08-27 11:48:47 horas)
es una pesima pagina x q yo qria esculturas o monumentos de el pais de gautemala.-
Juan Pensamiento: (2008-06-11 17:51:18 horas)
Creo que el sentido del texto de Monterroso tiene varios niveles de comprensión y es mucho más sobre naturaleza humana (estupidez humana, más bien) que sobre esculturas...en todo caso, aprovecho para lamentar la pérdida de las páginas del monumento a Miguel Angel Asturias en La Reforma. ¿Alguien sabe qué les pasó?
2 comentarios: