Hace un par de semanas recibí, remitido desde la Universidad Rafael Landívar, un libro de la doctora Lucrecia Méndez de Penedo, titulado El hilo del discurso. Se trata de un volumen de cuatrocientas páginas, en letra pequeña, editado por la revista Cultura de Guatemala –corresponde al año XXVIII, volumen II, mayo-agosto 2007–, en el que la acreditada escritora, investigadora y crítica recopila escritos de diversa índole.
Sólo quiero fijarme ahora en el título del volumen. Me imagino que Lucrecia ha discurrido un poco antes de elegirlo. El verbo discurrir y el sustantivo discurso tienen un sentido ambivalente: discurrir es, entre otras cosas, reflexionar, pensar, hablar (con sentido) acerca de algo…; pero también es correr, cuando se trata, por ejemplo, de un fluido. Y así, aunque de manera diferente, se puede afirmar que discurre el hombre y también que discurre el río. El discurso del río se concreta en la corriente; el del hombre, en el hilo y sus connotaciones. Tanto el discurso del hombre como el del río dependen de algo oculto y, en algún sentido, remoto: cuando se trata del discurso del hombre, se suele hablar de vena, que vale tanto como inspiración; cuando se trata de la corriente del río, se suele hablar de venero.
Pero hay algo en el libro de Lucrecia que, en relación con esto, me llama la atención. No sé si por despiste o de propósito, la parte que comienza en la página 155 se titula El filo del discurso. ¿Dónde queda el hilo entonces? Sea como fuere, yo creo que es un acierto. Es verdad que en latín el origen de filo no es precisamente filum, como podría pensarse, sino acies; pero si en la realidad, tanto cuando hablamos de hilo como cuando hablamos de filo, tendemos a pensar en algo delgado, casi áereo, ¿porqué no concluir que, cuando hablamos de discurso, hilo y filo vienen a ser de alguna manera la misma cosa? ¿Qué sería un discurso sin hilo? Algo deformado, destejido, deshilachado.
¿Y un discurso sin filo? Algo romo, propio para golpear, pero inútil para penetrar, como diseccionando, en el ánimo de los interlocutores o de los oyentes.
Hoy se pronuncian muchos discursos. Los pronuncian, sobre todo, los políticos, nuestros políticos.
Pero ¿cuántos de ellos tienen hilo y filo? ¿Cuántos están bien tejidos y bien afilados? ¿Cuántos se nutren de una inspiración –vena o venero– que les dé sentido? ¿En cuántos casos no se reduce todo a un bla-bla sin sentido? ¿Qué capacidad de reflexión tienen y cuánto tiempo le dedican? Porque discurrir no es igual que discursear. Discurren los pensadores y discursean los discurseros. Según el Diccionario de la lengua española, de la RAE, es discursero el que pronuncia discursos frecuentes y malos. ¡Ya!
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