Si en las pláticas informales de oficina, restaurantes y bares en Washington D.C. se condensa la política de EE.UU., lo que ahí tenemos es apenas el anticipo de una campaña electoral áspera entre Barack Obama y John McCain, a pesar de ellos mismos. Áspera es decir lo menos. Se están encendiendo, en muchos sectores, los prejuicios raciales y los miedos.
El vibrante llamado de Hillary Clinton, hace apenas cinco días, instando a sus votantes a seguir al candidato ganador –Obama– por la causa demócrata de recuperar la Casa Blanca, fue abiertamente desafiado por un bloque nada desestimable que se declaró a favor del senador republicano.
Más allá de la consigna del cambio, opera un programa psicológico entre conglomerados clave de electores que el inédito candidato demócrata deberá desmontar. Una percepción entre gente de a pie que conversa espontáneamente, es, por ejemplo, esta: “McCain es un héroe de guerra con gran experiencia”. ¿Y Obama?, pregunto. El hombre, de origen latino que atiende la caja de un pequeño supermercado, titubea. Se acerca una señora cincuentona de notorias raíces anglosajonas y sin invitación agarra la pregunta que quedó en el aire: “Sabemos que perteneció 20 años a una iglesia que predicaba el odio”, dice ella altiva, como para mostrarme la primera credencial del candidato. ¿Pero usted no va a creer…?, reacciono de inmediato. “Es el problema –me dice con más calma– no sabemos en realidad quién es Obama”.
La biografía de Barack Obama es la de un joven que a inicios de los años ochenta emigró a Nueva York, donde abandonó una prometedora carrera corporativa “porque –escribe en uno de sus dos libros autobiográficos– cuando vi mi figura reflejada en un ascensor, perfectamente trajeado y con maletín en la mano, me dije: “Este no quiero ser yo”. Puso sus pertenencias en un auto y se marchó a los suburbios de Illinois donde, por una paga mucho menor, la hizo de trabajador social de una institución no gubernamental. Su labor fue notable y lo demás es historia.
Obama no desciende de los afroamericanos que sufrieron la esclavitud en EE.UU. ni de aquellos que formaron parte de los estremecedores movimientos civiles de los años sesenta. Esa historia pesa en el establishment, pero no hace diferencia para el ciudadano con el que uno se topa en la calle.
Hasta ahora Obama y McCain están hablando en términos políticos convencionales, y preparan el terreno donde cada quien se siente más seguro, pero hay algo inasible en el ambiente difícil de capturar en palabras, pero apunta a que esta vez en las elecciones presidenciales en EE.UU. aflorarán sentimientos profundos que trasvasan la política y los partidos.
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