El daño moral que nos hacen los funcionarios corruptos va más allá de lo económico. Malforman a la sociedad. Enseñan a la juventud que la única manera de salir de pobres es nutrirse por cuatro años con lo de todos. No hay excusa para que en Guatemala falten hospitales, medicinas, carreteras, agua potable, si el Congreso puede gastar como loco y hasta ahorrar y poner los recursos en riesgo como en los peores tiempos de Portillo y Alí Babá. ¿Se recuerdan de los negocios shucos en el IGSS? Nos dicen que no hay plata para invertir, pero luego resulta que las instituciones públicas tienen cuentas de ahorro gigantescas, y los pierden en la ruleta rusa. Unos cuantos pendejos pagan la pena, como carne de cañón, y los peores disfrutan de los placeres a costa nuestra. Ahora ya sabemos que la nueva salida de los dirigentes es excusarse, porque ellos no sabían que los bandidos contratados como secretarios o asesores (de antecedentes clarísimos) los iban a defraudar. Creo que a nuestros funcionarios habría que mandarlos al Japón para que les dieran unas clasecitas de honor y les enseñaran a emplear el machete para hacerse el harakiri en caso de un error como los que aquí se comenten a diario. En la cultura tradicional el capitán se hundía con su nave, porque sobrevivir a la vergüenza era peor. Aquí la vergüenza no significa nada si la platita está en una cuenta cifrada en Suiza. El Ministro de Gobernación nos ha dado otro ejemplo a lo Historia Sagrada, con la contratación de comida en portaviandas para policías corruptos y presos vagos, a empresas que se ganaron la lotería, y para no embarrarse se lavó las manos a lo Poncio Pilatos, dejando la responsabilidad de selección de proveedores en manos de los pobres cuates del partido que se encargan de repartir prebendas.
El Presidente del Congreso es otro sabio, y para no tener que renunciar al hueso, optó por dejar las cosas al tiempo. Quizás está pensando que los chapines en dos meses olvidamos y pueda regresar inmaculado al empleo donde otros más vivos le movieron el piso. Y hay quienes dicen que ¡pobre Meyer!, que tan bueno que es, que eso le pasó por ingenuo y crédulo. ¿Será posible que un pequeño detalle de Q82 millones no llegue al jefe? Y si así fuera, entonces la culpa sería cuanto más del jefe, por no disponer de los controles apropiados, por no expresar autoridad ni gobernar como es debido.
Creo que el honor se ha perdido. Y los pícaros se han vuelto linces. Si nos remontamos a los tiempos de Portillo, notarán que el descalabro se multiplicó al final. El último año es siempre el peor, en el que dicen que hasta quienes no han pecado, pecan. Pero el nuevo Gobierno, el de La Esperanza, nos ha salido premiado. Ni siquiera han pasado seis meses y los funcionarios se están luciendo. ¿Por qué ese afán tan anticipado de acumular fortuna? Querrán un lugar en el libro de Guiness, o ven con incertidumbre el futuro, dudando de si cuatro años no es mucho para la esperanza.
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