Pánico, miedo a quedar solas y sin apoyo económico, terror ante las amenazas verbales y físicas son algunos de los síntomas que día a día sufren las mujeres que son agredidas por sus parejas. Acá en Guatemala, hay que hablar claro: a pesar de que la mayoría de la población está conformada por mujeres, es este mismo grupo quien históricamente ha estado más desprotegido. Ellas son las que tienen menos acceso a educación, salud y vivienda. Ellas son las que tienen menos oportunidades de trabajo y también las más discriminadas.
Acá no estoy dando una postura extremista ni feminista, simplemente intento hablar desde una realidad que golpea a todos los niveles, desde la mujer más pobre hasta la más encopetada. Vivimos en una sociedad machista que quiere ejercer su dominio a la fuerza, a puñetazos, a gritos y a veces hasta a balazos. Las cifras no mienten, de acuerdo a la organización Red de la no Violencia contra las Mujeres, de 2001 hasta junio de 2008, ya sumaban 3 mil 900 asesinatos de féminas.
Vergonzosamente, Guatemala se ha colocado como el que ocupa el tercer lugar a nivel latinoamericano en asesinatos de mujeres, según un informe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG).
Además, la defensoría de la mujer de la oficina del Procurador de los Derechos Humanos señaló que durante 2008, solo en la capital se han conocido 250 casos de mujeres agredidas por sus convivientes. En este caso, se debe de tomar en cuenta que en el interior del país las cifras son superiores y que en la mayoría de los casos las mujeres aún no se atreven a denunciar por miedo a sus parejas.
Como periodista me ha tocado conocer casos de mujeres agredidas que lloran sangre, uno de ellos es el de una joven que fue lanzada por su conviviente del tercer nivel de un centro comercial ubicado en la zona 10, lo cual le causó 17 fracturas. El agresor fue liberado por el juez, quien consideró que se trataba de situaciones familiares y no de un intento de parricidio.
En otros casos, los operadores de justicia tardan meses o años en ordenar una medida de seguridad para la mujer agredida; y cuando esta llega ya es muy tarde. Un ejemplo es el de Karla Eugenia Guzmán. Seis meses antes de su muerte, Guzmán presentó la última denuncia ante el Ministerio Público contra Elio Imeri Díaz, pues señalaba que por vía telefónica, su ex conviviente la intimidaba. Su caso no fue atendido. Fue asesinada, supuestamente, por el sindicado, quien permanece en prisión.
Lo más alarmante del caso es que los victimarios continúan en la impunidad. De acuerdo a CICIG, de los crímenes contra mujeres ocurridos en los últimos 4 años, solo ha logrado hacer 93 acusaciones, y de estas solo 47 han llegado a juicio. Sin embargo, en esta vorágine de abusos, un paso importante que Guatemala ha dado para la penalización del asesinato de mujeres y la protección de las agredidas, ha sido la aprobación de la Ley contra el Feminicidio y otras formas de violencia contra la mujer, que el Congreso de la República aprobó el 8 de abril de 2008. Esta ley histórica en Guatemala, penaliza con condenas de entre 25 y 50 años de cárcel los asesinatos de mujeres. La normativa también tipifica como delitos la violencia física, psicológica, sexual y económica.
El pasado lunes, elPeriódico publicó el caso de una mujer de 23 años, que en multiples ocasiones fue golpeada, amenazada y hasta atropellada por el carro de su esposo. Tras la última paliza que le propinó en su lugar de trabajo, esta joven se atrevió a acudir al Ministerio Público y 24 horas después consiguió que su victimario fuera conducido a prisión preventiva por el delito de violencia contra la mujer. Se utilizaron como pruebas, los golpes en la cara y brazos de ella, además de los constantes mensajes y llamadas a su teléfono móvil.
La Ley establece como violencia contra la mujer “toda acción u omisión basada en la pertenencia al sexo femenino, que tenga como resultado el daño inmediato o ulterior, sufrimiento físico, sexual, económico o psicológico”.
Con este caso se estrena la nueva Ley de Feminicidio y también se sienta un precedente para las miles de mujeres que aún temen por su integridad física y emocional, y no se han atrevido a denunciar.
A mi juicio, la denuncia, el hablar en voz alta, por más bochornoso que en un principio pueda ser, es la única manera de liberarse.
Guatemala está dando un importante paso para proteger a las mujeres. Si la mayoría nos unimos, quizás ese miedo que tiene paralizadas a miles, comience a disiparse. Es momento de hablar en voz alta y romper con la cultura del silencio. Es hora de denunciar al agresor.
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